... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

23 de julio de 2014

Aprender a vivir.






     Uno tiene a veces la sensación de tener demasiados frentes abiertos, como si los problemas se confabularan para presentarse todos a un mismo tiempo, en la madrugada, cuando la primera claridad del día debería dar paso a la esperanza en lugar de a la preocupación. La impericia de la juventud, la supuesta seguridad de la madurez, soportada a menudo sobre el viento, la cruel intolerancia de los mayores, la vida. La verdad es que con el paso del tiempo no logramos ser menos ilusos que en nuestra primera juventud, quizá lo único que logremos, y no siempre, sea un cierto pragmatismo que debería hacernos más fácil vivir.

     Cuando todavía la mayor parte de sus recuerdos provienen de la infancia, el hombre joven mira el mundo a través de un prisma con bordes muy definidos. Todo es diáfano y claro, todo es absoluto. Piensa que el futuro está ahí, esperando a construirse y llegar hasta él con la misma facilidad con que pasa el tiempo. Con él vamos llenando el cofre de la memoria: de éxitos y fracasos, de felicidad y de desdicha y, sobre todo, de esa anodina normalidad que sufrimos desde que nacemos y no es otra cosa que el acto de vivir, en pocas ocasiones indoloro.

     El futuro está formado por el conjunto de todas las cosas que son posibles. Es, por tanto, una ilusión, una entelequia. En una encrucijada de caminos, todas las opciones son futuro, pero sólo una llegará a ser realidad. En contra de lo que pensamos, no construimos nuestro porvenir, no podemos hacerlo. Vivimos tomando decisiones que no podemos comprobar a posteriori si fueron las adecuadas. En realidad únicamente somos capaces de construir nuestro pasado, el pasado que será la manta que nos arrope todas las noches: rugosa o suave, cálida o fría, pesada o ligera, inamovible e inevitablemente nuestra. 

     Con el tiempo, los bordes del prisma con el que vemos el mundo se van tornando más difusos. Todo se vuelve más rico, todas las cosas adquieren innumerables matices, se transforman y se hacen más cercanas y más incomprensibles al mismo tiempo. La única lección que sólo aprendemos por nosotros mismos es que siempre hubo cosas que no supimos ver en su momento, que la experiencia vital es algo que nos es dado a tiempo pasado, que casi siempre es irremediable, para bien o para mal. 

     Uno tiene que instruirse para mantenerse al margen de aquellos problemas que le son ajenos. La lectura que saquemos de ellos no servirá a nadie más que a nosotros mismos. Tengo la convicción de que esta es la argamasa con la que tendré que construir mi pasado a partir de ahora. Aprender a levitar sobre las ajenas realidades y cantar, como hacía el poeta crápula: 

"y en la escalera me siento a silbar mi melodía".




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