... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

26 de enero de 2014

La noche que dejó de llover.








     Ahmed Rashid El Arfaoui, viajero y erudito de origen cordobés, cuenta en sus memorias el conocimiento que tuvo sobre un extraordinario país situado cerca de los confines del mundo. No eran los mares que lo rodeaban, ni los ríos que horadaban sus entrañas, ni sus montañas altísimas y nevadas, ni siquiera sus pobladores, lo que le confería una cualidad nunca conocida en ningún otro reino de la Tierra. El carácter de sus gentes era tan diverso y tan uniforme como en cualquier otro sitio. Sus tradiciones, tan arraigadas como cualquiera otras, y su religión, tan verdadera y tan única como todas las demás.

     Como suele ocurrir en estos casos, la maravilla mayor era percibida por los patrios de aquel lugar como la cosa más natural del mundo. Y tratábase de que en aquel país tan lejano las estrellas no habían perdido todavía su primitivo color, de manera que el cielo nocturno era como un cofre abierto que mostrara un enorme tesoro, rebosante de piedras preciosas: zafiros, esmeraldas y rubíes; crisoberilos, amatistas, jaspe y feldespato; ópalo, lapizlázuli, tanzanita y turquesa. Aquella intensidad y variedad de brillos y colores producía, además, un sonido constante que era como un suave tintineo de frágiles critales, que envolvía el aire en aquellas noches tan extraordinarias. Acostumbrados desde su nacimiento a aquel sonido tan armonioso y al colorido y leve titilar, los naturales del lugar no parecían advertirlo siquiera.

     Sucedía otro acontecimiento singular. Las noches de lluvia el campanilleo suave de las estrellas dejaba de oirse, quizá amortiguado por el levísimo orvallar, quizá vencido por el fuerte temporal, según con qué fuerza azotara la tempestad. Entonces el viento se remontaba y silbaba por plazas y calles, por soportales y oscuros callejones, y el silencio se mostraba trémulo y se colaba por las rendijas de las puertas, por las ventanas mal encajadas y por las grietas de las paredes viejas de las casas. La leche se agriaba en las ubres de las cabras, las mujeres parían antes de tiempo y los moribundos adelantaban su final. Para mitigar el miedo de los niños se les ponía a dormir en la cocina, la parte más escondida de la casa, en el suelo alrededor del hogar, sobre mantas y pieles. Como hombres primitivos en las cavernas, huían hacia el sueño escuchando las monótonas historias que las viejas contaban y el crepitar de las brasas, con las mejillas y las orejas arrebatadas de púrpura.

     Pero como la naturaleza humana es de condición tal que, aunque en primer lugar se resiste a cualquier cambio al poco torna en buscar la adaptación a la nueva situación, en cierta ocasión llovió durante tantos días y tantas noches seguidas que los habitantes de aquel reino comenzaron a olvidar el color y el sonido de las estrellas. La leche de las cabras volvió a su natural ser, y los niños y los moribundos volvieron a nacer y a morir a su debido tiempo. Y se fue perdiendo el miedo al viento y al silencio, y los cuentos de las viejas se acabaron olvidando para siempre. Hasta que un día un rayo de sol consiguió colarse entre los negros nubarrones que poco a poco se fueron disolviendo en el aire y la lluvia cesó. 

     Aquella noche volvió lo que ya todos habían olvidado. Y la repentina diversidad de colores, de tonos y de brillos del cielo cegaba los ojos hechos ya para siempre a la oscuridad, a la vez que aquella melodía suave hendía los oídos de quienes ya únicamente estaban hechos a dormir al lado del fuego. Nadie pudo volver a conciliar el sueño nunca, y a poco las gentes de aquel país comenzaron a enloquecer. Unos se escondían en los rincones más oscuros de los graneros, para dejarse morir; otros se lanzaban a los ríos, que bajaban tan crecidos, o saltaban por los acantilados buscando su final en las rocas, o intentaban huir por mar aferrados a troncos de árboles cuya madera estaba tan podrida por las anteriores lluvias que pronto las olas los cuarteaban y los hundían. 

     Un único hombre consiguió sobrevivir, y fue quien contó esta historia al sabio árabe una noche sin luna, en una oscura taberna portuaria, a cambio de las sobras de su cena.




17 de enero de 2014

El hombre anónimo.




... el anonimato envuelve al hombre como una bruma; el anonimato es oscuro, amplio y libre; el anonimato permite al espíritu seguir su camino sin trabas. Sobre el hombre anónimo se derrama el clemente efluvio de la oscuridad. Nadie sabe de dónde viene ni adónde va. Puede buscar la verdad y decirla; sólo él es libre; sólo él es veraz; sólo él está en paz.

Virginia Woolf. Orlando.


15 de enero de 2014

Calomarde en el siglo XXI.





     Tras la caída del "Trienio Liberal", con la intervención en España de los Cien Mil Hijos de San Luis, Fernando VII consigue al fin la restauración del absolutismo dando comienzo la denominada "Década ominosa" y la consiguiente persecución y represión de los liberales, mal llamados afrancesados en un intento de hacerlos pasar a la historia como traidores, cuando su mayor delito fue abrazar las ideas de la Ilustración. Francisco Tadeo Calomarde, ministro de Gracia y Justicia en este período absolutista, tiene entre sus logros la promulgación en 1824 del Plan General de Estudios del Reino:

     Sabiendo que del estudio y de la cultura vienen las ideas peligrosas, cerró buena parte de las universidades, censuró miles de libros, cambió los planes de estudio a diestro y siniestro, introduciendo mucha teología y quitando ciencias, y sembró por toda España escuelas de tauromaquia, algo muy español y sin peligro de llevar a derivas liberales y revolucionarias.
Malos de la historia de España.
Gabriel Cardona y Juan Carlos Losada.


     Será difícil que escape al lector la semejanza del texto anterior con alguna de las situaciones que se están viviendo en España en la actualidad, corridas de toros incluidas. Uno se pregunta con asombro si tan poco hemos cambiado en prácticamente doscientos años. Dos siglos muy convulsos y sangrientos, por cierto. Obviamente la sociedad española ha evolucionado, pero quedan enquistados en ella unos sectores reaccionarios que, efectivamente, han practicado con tanta ansia el inmovilismo que consiguen parecerse a aquellos que protagonizaron páginas muy negras de la historia de este pais. ¿Por qué? Podemos encontrar diversas causas, múltiples explicaciones, ninguna de ellas plenamente acertada pero tampoco totalmente equivocada. En mi opinión, una de las más significativas podría ser la ignorancia. Todos somos ciertamente ignorantes, pero quiero distinguir dos característicos tipos de desilustrados muy especialmente por la peligrosidad que conllevan.

     En primer lugar, aquel que es ignorante hasta de su propia ignorancia. En su barbarie, cree saberlo todo y tener la solución a todos los problemas. Suele ser víctima de su propio fanatismo, pero sus actitudes a menudo resultan violentas y, en épocas de crisis y sufrimiento, consiguen un cierto seguimiento o apoyo social. Salvo en España, que revistió un carácter más cuartelero, los fascismos y los movimientos de intolerancia que surgieron en Europa en el pasado siglo tuvieron un cierto soporte intelectual, si es que puede llamársele así.

     Pero el más paradigmático resulta ser quien, reconociéndola, hace gala de su ignorancia, quien la exhibe no sin un cierto orgullo incomprensible. Son personas que exigen su pez pero rehúsan la caña de pescar. Y cuando vienen mal dadas, aceptan con resignación que el tamaño del pez disminuya con tal de no tener que pescarlo por ellos mismos. 

     Estos segundos pueden llegar a formar una masa social importante y tan maleable como si fuera de arcilla. Los partidos políticos son conscientes de ello, hasta tal punto que han encerrado sus ideologias en polvorientas y doradas estanterías y ahora se dedican a diseñar campañas de marketing vendiendo peces en lugar de futuro. Por eso de Calomarde a Wert o a Gallardón hay más distancia temporal que ideológica.

     He sacado la cita del precioso libro "Malos de la Historia de España", un ligero y muy ameno repaso, desde Viriato a Carmen Polo de Franco, a esos personajes "traidores, fanáticos, asesinos y cobardes de todos los tiempos". En su introducción se habla del sentido de hacer historia. Sabido es que la historia la escriben los vencedores, a menudo con la sangre y el sufrimiento de los inocentes. El historiador tiene que sacudirse el peso del polvo de los archivos y de su propia erudición, tiene que ser testigo de la injusticia y de la mentira "porque hacer historia es un imperativo moral, es ajustar cuentas con nuestro pasado, es luchar por reconciliar al ser humano consigo mismo, y puede servir para hacer algo menos mala a la humanidad. Para eso sirve la historia, para nada más ni para nada menos".





4 de enero de 2014

Reseña. Los años de peregrinación del chico sin color. Haruki Murakami.








     Hace un tiempo realicé un pequeño curso de fotografía on-line. Primero aprendes una serie de reglas de composición: la regla de los tres cuartos, la importancia de las líneas, el cuidado de los fondos, y cosas así. Y a continuación te enseñan que las reglas están para romperlas, y que en su transgresión se encuentra, a menudo, la grandeza de una fotografía. En literatura, la regla de oro es que si una idea se puede expresar con cuatro palabras, por ejemplo, hay que usar cuatro palabras, no cinco ni seis. Esto es Murakami.

     Reconozco que este ha sido mi primer acercamiento al escritor japonés. Quizá porque me había creado mucha expectativa sobre él me ha decepcionado un poco. Eso no quiere decir que no me haya gustado. No traigo al blog libros que no entienda que merece la pena leerlos. Murakami es, a mi juicio, excesivamente pulcro. De ahí lo que decía al principio de las reglas de fotografía. Su pulcritud, su limpieza, le confieren a su escritura una cierta asepsia, una frialdad que la hace lejana. El lector es un mero espectador, no llega a entrar de lleno en la obra. Sólo en muy contadas ocasiones consigue conmover con sinceridad.

    Con la música de Franz Liszt de fondo (Los años de peregrinaje), asistimos a una hermosa historia que nos habla del vacío del ser humano, de una concepción dolorosa de la vida. El hombre actual, desprovisto de artilugios mágicos, es un ser hueco, y su experiencia vital una sucesión de pérdidas, de puertas que se cierran dolorosamente. Una de esas puertas ha quedado abierta y Tsukuru, el protagonista, se ve obligado a viajar al pasado para cerrarla. Un viaje que le hará enfrentarse a esa sensación de banalidad, a la insustanciabilidad que produce soledad y dolor. Cada una de esas puertas encierra una etapa irrecuperable de nuestra vida, algo que se perdió para siempre y cuyo nostálgico recuerdo nos hiere y lacera nuestro presente.

     Hay dos personajes en el libro que no quiero dejar de mencionar. El primero de ellos es un extraño pianista que encierra un indeterminado conocimiento secreto sobre el destino de las personas. El otro, un compañero de estudios de Tsukuru que exhibe un atractivo provisto de una cuidada ambigüedad. Ambos aparecen bastante al principio creandonos la ilusión de que se van a dilucidar complejas cuestiones sobre la posibilidad de existencia de distintas realidades quizá alternativas, sobre misterios oníricos incomprensibles. Sin embargo, en un momento determinado ambos personajes desaparecen repentinamente y la novela vuelve a su forma más convencional y lineal. Pareciera como si se tratara de una obra mucho más grande, como si la primera intención fuera más ambiciosa y después, por algún motivo, se hubiera simplificado la trama repentinamente. Esta sensación de que algo se ha quedado atrás, de que Murakami nos ha escamoteado su ingenio por algún motivo desconocido es lo que, de alguna manera, me hace sentirme decepcionado con Los años de peregrinación del chico sin color. Una gran novela, sin duda, pero que quizá pudo ser algo mucho más grande.