... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

19 de febrero de 2014

Marwan, 4 años. Víctima.





"Marwan tiene solo cuatro años y hace tres que es víctima de la guerra en Siria, como muchos más niños".


     Así comienza esta escalofriante historia que podíamos encontrar en la prensa recientemente. Fue encontrado sólo en el desierto, en la frontera entre Siria y Jordania, por miembros de ACNUR. Su historia no es única, pero no por eso es menos escalofriante. Este niño de cuatro años no olvidará en su vida que perdió a sus padres al cruzar la frontera huyendo de una guerra. Todas las víctimas de conflictos armados son inocentes, pero los niños son, además, los más indefensos, los más débiles, los más vulnerables.





     Inevitablemente se me va la memoria hacia una historia de Antonio Muñoz Molina. Olympia es uno de los relatos que conforman su inigualable obra Sefarad. Un funcionario municipal de viaje en Madrid, al que le sobra algo de tiempo antes de coger el tren de regreso, entretiene las horas en el Retiro y se tropieza con una exposición en el Palacio de Cristal dedicada al exilio de los republicanos españoles en México.

"Recuerdo objetos, fragmentos: vitrinas con recortes de periódicos y cartillas de racionamiento, monitores de vídeo en los que se proyectaban viejas películas de soldados envueltos en harapos huyendo por los caminos hacia Francia, hacinados en las estaciones fronterizas de Pourt Bou y Cerbère, después de la caída de Cataluña. (.....) Había una foto grande de una multitud intentando subir a un barco de vapor, en un puerto francés. Una mujer de unos cincuenta años la miraba parada junto a mí, diciendo algo en voz baja con acento mexicano, aunque no había nadie con ella. Respiraba muy fuerte: la miré y estaba llorando.

- Yo iba en ese barco, señor -me dijo, la voz entrecortada de llanto, una señora mexicana con gafas grandes y pelo cardado y teñido, la única persona que había aparte de mí esa mañana en la exposición, en el edificio de cristal rodeado de niebla, como enguatado de silencio-. Yo soy una de esas figuritas que ve usted en la foto. Ocho años tenía, y me moría de miedo pensando que me iba a soltar de la mano de mi papá."


     Nada ha comenzado ahora ni nada ha terminado antes. ¿Desolación, vergüenza, dolor, remordimiento, culpa...? ¿Qué se siente al ver en la fotografía ese cuerpecito infantil, forzando una hombría que no puede tener, y esa carita perdida?

 



8 de febrero de 2014

Literatura y ficción.





     No es infrecuente, cuando se habla de novela, de cuentos o de narrativa en general, encontrarnos con el término "literatura de ficción", para distinguirla de la literatura académica, del ensayo y de la poesía. ¿Es correcto usar esta denominación? Posiblemente no. Es más, literatura y ficción pueden ser palabras contradictorias en sí mismas.

     ¿O acaso es ficción la simpleza y la cobardía de Sancho Panza, o la ambición de Macbeth, o el hambre que atenaza al Buscón, o las sucias artes de las que vive La Celestina? ¿Es ficción la angustia de Gregor Samsa, el dolor por el desprecio de su padre, o la desesperación de Josef K. en su lucha contra una acusación invisible que le aboca a ofrecer el cuello al cuchillo del verdugo? ¿Es ficción lo árido que puede resultar el mundo exterior para un niño vícima de abusos, que nos describe con tanta intensidad Jesús Carrasco en Intemperie?

     No hay ficción en la literatura. Quiero decir que no hay nada que sea completamente inventado, no que carezca de ilusión, de fantasía y de magia. La mayoría de los aficionados a la lectura no conseguiremos escribir nunca, seguramente porque pensamos que los escritores verdaderos se inventan las historias que nos cuentan, como si las crearan de la nada. Posiblemente no haya nada más lejos de la verdad. Las historias tienen, por muy fantásticas que puedan parecer, su base en la realidad. Beben de ella, de la memoria y de la reflexión del escritor. Como los sueños, son representaciones más o menos distorsionadas de  su propia experiencia, vivida o aprendida. La novela, o el cuento, se crean cubriendo esa realidad, mostrándonosla con el artificio de una ficción aparente:


Era una vez una Cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha.

AUGUSTO MONTERROSO:
La oveja negra y demás fábulas.


2 de febrero de 2014

El último verso.







   Colliure (Francia), 22 de febrero de 1939. En una triste habitación del Hotel Bougnol-Quintana acaba de fallecer Antonio Machado, a los pocos días de comenzado su exilio. Al recoger sus efectos personales, en un bolsillo de su viejo abrigo, alguien encuentra un papel arrugado con rápidas anotaciones a lápiz, entre ellas un verso:


estos días azules y este sol de la infancia


   Estas palabras podrían haber formado parte de un poema que nunca llegó a escribirse. Usando un término de moda, podemos hablar de un poema nasciturus, esto es, concebido y no nacido. ¿Hay crimen mayor que hurtar de poesía a la humanidad? Y sin embargo, ¡cuántos versos, cuántos libros, cuántas novelas no habrán llegado a ser a lo largo de la historia, víctimas de toda clase de intolerancia! 

   En aquellos tristes días el empeño estaba en cambiar los libros de poesía por misales y devocionarios de dorados lomos. Hoy se pretende sacar de las bibliotecas escolares los manuales de Historia de la Filosofía y sustituirlos por catecismos hermosamente ilustrados. En el fondo, no es tanta la diferencia.

   Pero un verso, un solo verso huérfano hurtado al dogmatismo es una conquista de incalculable valor. Machado murió en el exilio y fue expulsado póstumamente como catedrático, pero en un simple pedazo manuscrito de papel llevaba consigo su victoria, como un legado para que los hombres luchen por que los días sigan siendo azules y el sol, caliente como el de la infancia.




1 de febrero de 2014

Orlando: lector y poeta.







     Acabo de terminar de leer Orlando, de Virginia Woolf. Realmente un hermosísimo libro supuestamente biográfico de este personaje que comienza como hombre en el siglo XVI y termina siendo mujer en el XX, y del que hay quien opina que en realidad es una larguísima carta de amor que Woolf dedica a su amante, Vita Sackville-West. El libro no está exento de una cierta reivindicación feminista, pero lo que a mi modo de ver lo hace más encantador es que mantiene un juego con el tiempo, entre el presente y el pasado que de continuo se alternan, se superponen o se tornan tan reales y que hace tan grata esta novela. 

     A menudo tambien encontramos un fino humor, una sutil ironía. Por ello he querido rescatar unos párrafos que hablan, cómo no, de la afición a la lectura de Orlando, su protagonista, y a su empeño por escribir un poema. Ruego al lector sepa disculpar la extensión del texto:


     "La afición a los libros fue precoz. De niño a veces le encontraba un paje todavía leyendo a medianoche. Le quitaron la vela, y crió luciérnagas con ese objeto. Le quitaron las luciérnagas, y casi prendió fuego a la casa con una yesca. Dicho en una palabra, y dejando para el novelista estirar la seda arrugada y todas sus implicaciones, era un caballero aquejado de amor a las letras. Muchas personas de su época, todavía más de su rango, evitaban la infección, y de ese modo quedaban libres para correr, cabalgar o hacer el amor a su real capricho. Pero algunos se infectaban a temprana edad de un germen que se decía nacido del polen del asfódelo y traído por el viento de Grecia e Italia, y que era de naturaleza tan perniciosa que hacía temblar la mano levantada para el golpe, velaba la vista que buscaba su presa y trababa la lengua en el momento en que se declaraba su amor. Era la fatídica naturaleza de esta enfermedad sustituir a la realidad un fantasma, de suerte que Orlando, a quien la fortuna había otorgado todos los dones -vajilla de plata, lencería de hilo, casas, mayordomos, alfombras, camas en profusión-, no tenía más que abrir un libro para que toda esa vasta acumulación se mudara en bruma. Las seis fanegadas de piedra que eran su casa se desvanecían; los ciento cincuenta sirvientes de la casa desaparecían; los ochenta caballos de silla se tornaban invisibles; sería demasiado prolijo contar las alfombras, los divanes, los adornos, la porcelana, la plata, las vinagreras, los calentadores y otros bienes muebles, a menudo de oro batido, que se evaporaban bajo el miasma como la bruma del mar. Así era, y Orlando se quedaba solo, leyendo, como un hombre desnudo.

     Ahora el mal, en aquella soledad, avanzó rápidamente en él. De noche leía muchas veces hasta seis  horas, y cuando venían a pedirle órdenes para la matanza del ganado o la recolección del trigo, apartaba el infolio y miraba como si no entendiera lo que le decían. Eso ya era malo, y les encogía el corazón a Hall, el halconero; a Giles, el palafrenero; a la señora Grimsditch, el ama de llaves; al señor Dupper, el capellán. Un gentil caballero como él, decían, no tenía necesidad de libros. Que dejara los libros, decían, para los tullidos y los moribundos. Pero aún faltaba algo peor. Pues una vez que el mal de leer se ha apoderado del organismo, lo debilita y lo convierte en presa fácil de ese otro azote que habita en el tintero y se encona en la pluma. Al desgraciado le da por escribir. Y siendo eso malo en un pobre, que no tiene otra propiedad que una silla y una mesa bajo un tejado con goteras, que en definitiva no tiene mucho que perder, la desdicha en un hombre rico, que tiene casas y ganado, doncellas, asnos y lencería de hilo, y aun así escribe libros, es muy de lamentar. Pierde el sabor de todo: le torturan hierros candentes, le roen los gusanos. Daría hasta el último ochavo (tal es la malignidad del germen) por escribir un único librito y hacerse famoso; pero todo el oro del Perú no puede comprarle el tesoro de un verso acabado. Entonces cae en la consunción y enferma, se vuela los sesos, vuelve la cara a la pared. No importa en qué actitud le encuentren: ha atravesado las puertas de la Muerte y ha conocido las llamas del Infierno".