... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

22 de abril de 2014

Brindis por la poesía.








     Recuerdo una tarde, quizá de invierno, en que con mi hijo mayor, todavía un niño, asistimos a un concierto sinfónico del Réquiem de Mozart. Todavía me pregunto cómo de la mente de una persona puede surgir una obra así, una unión de sonidos capaz de emocionar de esa manera. Para mí, musicalmente iletrado, analfabeto mejor dicho, resulta incomprensible. Pero la mayor de las benevolencias que dios derramó sobre los seres humanos fue que, aun ignorantes de cómo se construye la obra, seamos capaces de disfrutar y sentir emoción con ella. No necesito ser músico para disfrutar de la música, para sentir cómo vibra cada músculo del cuerpo ante un Kirie, un Offertorium o un Sanctus. Y el mejor homenaje que se le puede hacer a un músico es, simplemente, escuchar su música. Al igual que para disfrutar de un elaborado plato en un buen restaurante no es necesario saber cocinarlo, tampoco son precisos extensos y eruditos estudios sobre el compositor, es suficiente con escuchar su música y que te emocione. 

     Aquel niño que escuchó conmigo el Réquiem tuvo el detalle, porque sabía que me interesaba, de enviarme el jueves santo un whatsapp para decirme que El País había publicado que Gabriel García Márquez había muerto. Aunque la noticia era esperada, me dolió. Se pierde mucho más que un hombre. Siento que sobran todos los homenajes, todas las rosas amarillas, todas las lecturas del comienzo de sus obras. Igual que al músico, el mejor, el único reconocimento válido que se puede hacer a un escritor es leer sus libros. No quiero caer en el tópico de que mientras se le lea estará de alguna manera vivo entre nosotros. Eso es una gilipollez. Pero mientras se lea a García Márquez se estará ahondando en la mente de un hombre extraordinario, se estará recibiendo en cascada un aluvión de sensaciones que no perecen, que persisten al hombre que las creó.

     He buscado y leído su discurso de aceptación del Premio Nobel de literatura en 1982. Como no podría ser de otra manera, es un discurso valiente, reivindicativo. El escritor tiene forzosamente que alzar su voz, tiene que ser el púlpito del que se valga la reivindicación de justicia de su pueblo, y eso está perfectamente plasmado en esos escasos cuatro folios. Al final, Gago desciende al mundo idílico de los lectores y brinda por la poesía, "esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes de los espejos." Termina citando a otro poeta latinoamericano, Luis Cardoza y Aragón, que define la poesía como la única prueba concreta de la existencia del hombre. Todo un lujo, todo un Kirie con el único instrumento de la pluma y el papel.

     No necesito ser escritor para disfrutar de la literatura, ni ser poeta para disfrutar de la poesía. Y la segunda mayor benevolencia de dios es el ser capaces de emocionarnos con la palabra escrita de aquellos que recibieron el don de contar, como decía Gabo, aquello que tenían que contar porque lo llevaban en las tripas. Dejo el enlace al discurso por si el lector quiere disfrutarlo:    







13 de abril de 2014

Mairenada (II). La religiosidad de Machado.









     Decía Juan de Mairena:

     "Cuando el hombre deja de creer en lo absoluto, ya no cree en nada. Porque toda creencia es creencia en lo absoluto. Todo lo demás se llama pensar."


     ¿Se podría inferir de estas palabras que Antonio Machado fuera ateo, o acaso agnóstico? Acudamos a su concepto de fe: " ... un acto de fe no consiste en creer sin ver o en creer en lo que no se ve, sino en creer que se ve, cualesquiera que sean los ojos con que se mire, e independientemente de que se vea o de que no se vea".

     Efectivamente, de lo que el poeta reniega es de esa religiosidad revelada, estamentalizada y que es como una venda en los ojos de sus acólitos. Descree de aquella religión inmovilista y opuesta a la razón: ... "repensar lo pensado, desaber lo sabido y dudar de la propia duda, es el único modo de empezar a creer en algo". El hecho religioso para Machado es un proceso filosófico que debe ser deducido, aún consciente de no poder alcanzar el final del silogismo. En este sentido llegará a pronunciar, en boca de Juan de Mairena, una de sus frases más inquietantes: "Los grandes filósofos son los bufones de la divinidad".

     Escribo estas reflexiones hoy, Domingo de Ramos. En los próximos días sonarán en casi todas las ciudades y pueblos andaluces los acordes de "La Saeta", en un acto de cinismo extraordinario. Incomprensiblemente los versos que reniegan del Cristo clavado eternamente al madero servirán para la exaltación de una religiosidad reaccionaria, oscura y antigua,  sentido totalmente opuesto al que quiso darle el poeta, para quien el único Cristo posible es el que caminó sobre el agua.

     Porque para Antonio Machado existe una relación entre religión, filosofía y poesía que no puede estar sujeta a dogma ni a verdades absolutas: "Después de la verdad -decía mi maestro- nada hay tan bello como la ficción. Los grandes poetas son metafísicos fracasados. Los grandes filósofos son poetas que creen en la realidad de sus poemas."