... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

10 de agosto de 2014

Reseña. Pregúntale al polvo. John Fante.






    
   


      No es una escritura amable la de Fante, al menos al principio. Su forma de contar resulta áspera, sus frases desadjetivadas y duras, breves, como si en lugar de estar escritas nos las estuvieran lanzando como piedras que nos lapidaran. La relación escritor-lector no es sencilla aquí, el primero nos grita pidiendo que nos levantemos de nuestra cómoda butaca de lectura y nos pongamos a leer de verdad, a comprender lo que, ocultas bajo el cinismo, sus palabras nos quieren decir realmente.

     En realidad yo no iba a reseñarlo porque no sabía muy bien cómo describirlo. Hasta que la otra noche, sentados en una terraza de verano con música en directo, mi hijo me comentó algo sobre el saxofón. Me dijo que al principio no gustaba su sonido porque era como un instrumento roto. Lo comprendí inmediatamente. La forma de escribir de John Fante es como el sonido de un saxofón. Nos parece desestructurado y roto, pero al cabo de poco tiempo nos damos cuenta que es capaz de componer dulces y desgarradoras melodías, que nos ha cautivado precisamente por esa peculiaridad y porque en su sonido no cabe la impostura ni la frivolidad.

          Pregúntale al polvo es, aparentemente, la historia de Arturo Bandini, un aspirante a escritor que resulta ser un cretino integral, un auténtico gilipollas. En este punto es cuando el escritor se dirige a nosotros gritando: "¿Pero no os dais cuenta de lo que os estoy mostrando? ¿Quién es aquí el auténtico cretino?". Porque Bandini se mueve por las afueras de una sociedad, la sociedad americana de entreguerras, que se está levantando sobre unos valores basados en el dinero, la familia y la religión. Una sociedad descarnada y cruel, desprovista de auténtica moral, sin integridad real y en la que el remordimiento y la culpa, el aislamiento y la soledad, modelan a los personajes. Personajes, por otro lado, a los que si nos detenemos a quitarles su máscara de actores, descubriremos lo bien construidos que están, lo redondos que son, literariamente hablando.

     En nuestro devenir como lectores, muy pocas veces encontramos libros que consigan descolocarnos, dejarnos un poco como sin saber muy bien qué pensar. Libros que al acabarlos nos obligan a reflexionar y a meditar sobre qué es realmente lo que hemos leído. ¿Acaso se puede pedir más a la lectura?. Yo creo sinceramente que no.



¿Qué hacer entonces? ¿Elevar la boca al cielo para parlotear y balbucir con una lengua asustada? ¿Descubrirme el pecho y golpeármelo como un tambor resonante para llamar la atención de mi Salvador? ¿No es más lógico y conveniente justificarme y seguir andando? Pero habría desorientaciones, habría anhelos; habría soledad, no tendría más que lágrimas, pajarillos húmedos del consuelo, aunque también belleza, una belleza semejante al amor de una muchacha difunta. Y risas también, risas contenidas, y silenciosas esperas nocturnas, y un temor subrepticio a la noche, cual si se tratase del beso pródigo y burlón de la muerte. Y llegará la noche, y los dulces óleos de las playas de mi océano que derramaron en mis sentidos los capitanes a quienes abandoné en la fogosidad soñadora de la juventud. Pero todo ello me será perdonado, y otras cosas también, Vera Rivken, el batir incesante de las alas de Voltaire, el haberme detenido a escuchar y contemplar a este pájaro fascinante, todo me será perdonado cuando vuelva a mi patria por mar.