... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

26 de octubre de 2014

Soledad.



     -Sí..., no me has hablado de tu pintura. ¿Qué coño es lo que tú pintas? No me digas que como Rembrandt...
     Elías Kaminsky sonrió.
     -No..., pinto paisajes urbanos. Edificios, calles, paredes, escaleras, rincones... Siempre sin figuras humanas. Son como ciudades después de un holocausto total.
     -¿No pintas personas porque está prohibido para los judíos?
     -No, no, ya eso no le importa mucho a nadie... Es que quiero representar la soledad del mundo contemporáneo. En realidad en esos paisajes hay personas, pero son invisibles, se han hecho invisibles. La misma ciudad se los ha tragado, les ha quitado su individualidad y hasta su corporeidad. La ciudad es la cárcel del individuo moderno, ¿no?
     Conde asentía mientras probaba su añejo.
     -¿Y dónde los invisibles encuentran su libertad?
     -Dentro de sí mismos. En ese lugar que no se ve, pero existe. En el alma de cada uno.

Leonardo Padura. Herejes.






  

   Pocos argumentos encontraremos tan ingenuos, manoseados hasta conferirles la pátina oscura de la conformidad general, como el de la deshumanización de las grandes ciudades, la soledad de sus habitantes. Barrios enteros que se vacían de día y se llenan de noche, en cuyas calles no se puede encontrar un bar, ni un supermercado, ni una farmacia. Barrios en los que sus gentes conviven durante años, no ya sin conocerse, sino prácticamente sin verse. Neciamente creemos que es ese vacío externo y ajeno el que nos provoca nuestra propia e interior insustancia.

     Para aquellos que en un determinado momento habitamos la gran ciudad de forma circunstancial la realidad puede ser otra. Recuerdo con nostalgia los meses que pasé en Madrid haciendo el servicio militar. Como decía aquel triste y anónimo personaje de Antonio Muñoz Molina en Sefarad, "había dos mundos, uno visible y real y otro invisible y mío, y yo me adaptaba mansamente a las normas del primero para que me dejaran refugiarme sin demasiada molestia en el segundo. De vez en cuando, tantos años después, sueño con aquellos tiempos..." Salir del cuartel con la ropa de paisano puesta debajo del uniforme, cambiarte en los pasillos del metro y coger una línea casi al azar, hasta una estación cualquiera, y salir a la calle como un perfecto personaje anónimo. La sensación de libertad era tan grande que apenas te cabía en el pecho. Calles desconocidas, gentes desconocidas, a las que no se les debía ni siquiera la cortesía del saludo. La invisibilidad entre invisibles. Un estrado incorpóreo y magnífico desde el que observar el mundo.

     La soledad es un veneno mortal que si se administra en dosis justas se transforma en una fuente de satisfacción personal, en un gran placer. No es fácil ni seguro. No consiste en estar físicamente aislado de cualquier otro ser humano. Es un estado mental que conviene administrar con prudencia porque puede desviarnos hacia la misantropía. Estoy convencido de que es un viaje que merece seriamente la pena intentar emprender cada cierto tiempo, como un ejercicio espiritual. Y copio para mí la sentencia de Gustavo Adolfo Bécquer: 


"La soledad es el imperio de la conciencia".





7 de octubre de 2014

La vida, el tiempo...



"Como un poeta que escribiera su mayor poema con una tinta que, al acto, desapareciera".


La ignorancia. Milan Kundera.