... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

25 de diciembre de 2014

Entonces era otoño en primavera.









     "... la poesía sólo se siente feliz cuando encuentra a alguien que sabe escuchar. Por eso busca poco en los púlpitos o en las tribunas, y explora con una discreta complicidad los rincones solitarios donde se refugian las dudas y la paciencia. La sabiduría que merece la pena, aquella que alimentan los años al mezclarse con el fondo concreto de una vida, busca incertidumbre en sus propias razones para evitar los dogmas, habla poco y prefiere cultivar una curiosa atención por las historias ajenas.

     ... porque saber decir no es exactamente lo mismo que saber hablar. Inventar palabras resulta fácil. Sólo consigue aprender a escribir poemas y  novelas quien alcanza el arte de elegir bien y de un modo personal las palabras dichas, quizá sin caer en la cuenta, por los otros".

Luis García Montero.





Entonces.


Entonces era otoño en primavera
o tal vez al revés:

era la primavera semejante al otoño.


Azuzadas de pronto por el viento,
corrían veloces las sombras de las nubes

por las praderas soleadas.

Inesperadas ráfagas de lluvia

lavaban los colores de la tarde.

¿De cuándo ese carmín que fue violeta?

¿De dónde

el oro que era ocre hace un instante?


Los silbos amarillos de los mirlos,

el verde desvaído a que apuntaban,

la luz, la brisa, el cielo inquieto:

todo nos confundía.


Con un escalofrío repentino

de temor, y nostalgia,

evocamos entonces

la verdad fría y desnuda de un invierno

no sé si ya pasado o por venir.


Ángel González Muñiz.
Otoños y otras luces.



11 de diciembre de 2014

Reseña. Demonios familiares. Ana María Matute.





Imagen: http://luhu.es/blog/






     "Busqué el escondite secreto donde mi memoria guardaba los sucesos que no me habían herido."








     Demonios familiares es una novela interrumpida por la muerte apenas en su planteamiento. Jamás sabremos cómo evolucionan sus personajes. Usando un término que se avenga con el universo matutiano, podríamos definirla como un juguete roto. Porque en Matute todo se reduce invariable y casi obsesivamente a lo mismo: la tragedia que todos afrontamos al abandonar la infancia para enfrentarnos al mundo, como si nuestros primeros años, aquellos en los que se forma nuestra imaginación, no pertenecieran al mismo. Por eso su estilo resalta tintado de fantasía e imaginación, con una falsa dulzura que supera la realidad pero sin salirse nunca de ella. Aquí no existe el vacío. Cada página, cada oración, la más nimia de las palabras que escribiera Ana María, tiembla agitada ondeando suspendida en el éter de la nostalgia.

     No he encontrado en esta novela el mar. Representando el miedo infantil al mundo exterior, el mar se transforma en un ente demiúrgico que lleva y trae el destino de los personajes de Matute, esa espuma blanca de olas que ocultan un abismo oscuro que atrae hacia el frío negro de sus profundidades irremediablemente. En Demonios familiares es el bosque, con su cielo oculto por las copas de los árboles, con sus sombríos troncos cubiertos de musgo y, sobre todo, con un suelo húmedo y blando de hojarasca, quien ejerce esa atracción hacia la fatalidad.

     Eva, la joven protagonista, regresa a su hogar tras la quema del convento donde estaba, aunque trasluce que el verdadero motivo de su noviciado no fue su vocación, sino una huída, una escapada de un ambiente familiar extraño. Su vuelta representa el descubrimiento del amor y, sobre todo, una cierta ruptura del vínculo de autoritarismo que ejerce su padre, el Coronel. Este personaje está investido de un enorme simbolismo. Inválido físicamente, se hace situar, sentado en su silla de ruedas, de espaldas al balcón abierto, mientras mira la realidad reflejada en un espejo inclinado frente a sí.

     Matute ha tenido la fortuna de irse con las olas del mar sin haber acabado su última novela. El hombre inteligente elevará al mar, o al bosque, o al dios que los represente su plegaria para rogar que, en su partida, le queden aún sueños por cumplir, libros por leer, curiosidad para aprender, besos que dar o que recibir. No hay destino más triste que el de aquel que, terminado todo sentido de su vida, se sienta de espaldas al balcón a esperar ver reflejada en el espejo la llamada de la hojarasca del bosque, el tupido manto de musgo en el tronco negro de los árboles, esperándole.

     La escritora María Paz Ortuño, su ayundante, cierra su epílogo al libro con unas palabras que Matute pone en labios de Eva, a modo de homenaje y, cómo no, de último brindis:

"Y le amé como nunca había amado a nadie antes, ni después, ni nunca. Porque aquel deslumbramiento doloroso solo duró unos minutos, y desapareció. Como todo en mi vida, siempre a punto de atravesar el umbral de algún paraíso, donde nadie logró entrar, ni lo logrará jamás, el inhabitado paraíso de los deseos."



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