... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

26 de diciembre de 2015

De aquelarres y modelos de familia.





"el hijo tiene derecho a proceder de una relación de amor entre sus padres y nunca como fruto de un aquelarre químico de laboratorio".


     La frase procede del documento publicado por el obispo de Córdoba, titulado Navidad y familia, quien con manifestaciones como esta presta apoyo, sin pretenderlo, a quienes propugnamos una sociedad más laica. Su anacronismo y su carácter reaccionario son evidentes, y demuestran hasta qué punto hay sectores dentro de la iglesia católica desfasados con respecto a la moral imperante aun dentro del propio catolicismo. Por supuesto que los hijos tienen derecho a una relación de amor entre sus padres, pero en ocasiones se dan circunstancias que lo impiden, como un divorcio, o un accidente de trabajo, o un cáncer. Por no hablar de los hijos de puta, que también se ven privados de este derecho, aunque no sean fruto de una pipeta de laboratorio sino de una transacción comercial. Resulta ilustrativo, a la par que cómico, que un señor que dice convertir el pan en carne y el vino en sangre use el término de aquelarre químico para referirse a la fecundación in vitro. No me queda más remedio que acordarme de Marge Simpson cuando exclama: ¿qué clase de personas civilizadas se comen el cuerpo y beben la sangre de su salvador?


    
     Hay además otra parte del documento que no tiene nada de comicidad y que algunos medios de comunicación han obviado mencionar. Falta apenas una semana para terminar el año 2015 y en España ha habido 54 asesinatos de mujeres por violencia machista, a más de otros tres casos en investigación. Estos crímenes han dejado un total de 49 huérfanos de madre y han costado también la vida a tres menores. Y el obispo de Córdoba en su carta dice esto:



     "Cuanto más varón sea el varón, mejor para todos en la casa. Él aporta particularmente la cobertura, la protección y la seguridad. El varón es signo de fortaleza, representa la autoridad que ayuda a crecer. La mujer tiene una aportación específica, da calor al hogar, acogida, ternura. El genio femenino enriquece grandemente la familia. Cuanto más mujer y más femenina sea la mujer, mejor para todos en la casa".





9 de diciembre de 2015

Días de ventarrón.






Yo, en todo caso, regalé  mis botellas y regresé al tintorro de los buenos viejos tiempos difíciles.

Alfredo Bryce Echenique.
Guía triste de París.


 ¿Cuándo se hicieron de repente tan viejos aquellos tiempos que vivimos tan difíciles y que recordamos tan alegres? Tres cigarrillos Fortuna sueltos comprados en el quiosko de Manolo para toda la tarde. La tragedia si se te rompía uno en el bolsillo de la camisa. El medio tubo de cerveza en el pub Vicente que había que alargar todo lo posible porque no se podía pedir otro. El Bacardi con limón el sábado. Y mucha calle, mucho paseo, mucha acera y el frío, y un bolsillo compartido para dos manos. Y los sueños hiriendo el frío, descansando en la arena que eran ellos mismos, tan lejanos entonces como ahora añorados.

¿Cuándo el ahora se mudó tan complicado? ¡Qué difícil es ver los toros desde la barrera!. ¿Cómo consolar al niño al que una ola destruye su castillo de arena? ¿Cómo explicarle, tan lejano en el tiempo como aquellos viejos tiempos, que para construir su castillo, su morada en el sentido teresiano del término, tiene que contar con la adversidad del mar, del furioso?








21 de noviembre de 2015

Reseña. Cómo ser mujer. Caitlin Moran.




 
   Así es. Sí. Todos estamos muriendo. Nos estamos desintegrando en el vacío, una célula tras otra. Nos estamos deshaciendo como azucarillos en champán. Pero sólo las mujeres tienen que fingir que esto no ocurre. Los hombres cincuentones andan por ahí con la tripa desparramándose por encima del cinturón y una cara como un colchón roto de vagabundo en un paso subterráneo. Les salen pelos de la nariz y arrugas como desfiladeros y sueltan "¡Uff!" cada vez que se levantan o se sientan. Los hombres envejecen visiblemente, cada día, pero las mujeres se supone que deben parar su declive a los treinta y siete o treinta y ocho años, y vivir los siguientes treinta o cuarenta en una burbuja mágica donde el pelo siga brillante y castaño, la cara tersa, los labios rellenos y las tetas por encima de la tercera costilla.


     Posiblemente no es un gran libro. Ni siquiera un buen libro, desde un punto de vista estilístico. Incluso tiene en su desarrollo altibajos que obligan a realizar un esfuerzo para continuar su lectura. Pero su lenguaje es inteligente, directo, incluso soez en ocasiones, y especialmente divertido. Con su humor british, Caitlin Moran consigue crear una atmosfera de complicidad con el lector. Y mi impresion es que, por encima de todo, es un libro muy necesario.

     Es necesario porque viene a dar una explicación racional de lo que es el feminismo desde un punto de vista cotidiano, renunciando a grandes enunciados y a complejas teorías sociológicas. Una adaptación a la realidad, a la normalidad, de un concepto del que casi todo el mundo tenemos una idea equivocada. Y lo hace sin esconderse de ningún tema: sexo, aborto, matrimonio, hijos, moda...  Porque la mujer (o el hombre) feminista no es aquella que quema su sujetador, o que se viste como un leñador, que no se depila, que huye de todo lo que huela a perfume caro y que odia el erotismo. La mujer feminista ni odia a los hombres ni pretende ser como ellos. Como suele suceder con casi todas las cosas cuando se conocen, la realidad es mucho más sencilla: la mujer feminista es aquella que es libre, que no se deja coaccionar por las sutiles e invisibles redes que la sociedad patriarcal tiende a la mitad de la humanidad. Y en Cómo ser mujer lo que realmente se enseña, si es que se enseña algo, es a detectar esas redes tan cínicamente imperceptibles, tan difíciles de ver, aunque literalmente haya que cubrirlas de mierda para conseguirlo:



   Es difícil ver un techo de cristal porque es de cristal. Prácticamente invisible. Lo que necesitamos son más pájaros que vuelen por encima de él, y lo llenen de cagadas para que podamos verlo.



27 de octubre de 2015

Quo vadis Europa





No veíamos las señales de fuego en la pared; sentados a la mesa como antaño el rey Baltasar, saboreábamos, despreocupados y sin temer al futuro, los exquisitos manjares del arte. Y tan sólo varias décadas más tarde, cuando las paredes y el techo se desplomaron sobre nuestras cabezas, reconocimos que los fundamentos habían quedado socavados ya hacía tiempo y que, con el nuevo siglo, simultáneamente había empezado en Europa el ocaso de la libertad individual.

Stefan Zweig.




     Estas palabras, que Zweig en su ensayo autobiográfico El mundo de ayer sitúa en los últimos momentos del siglo XIX, presagiaban los monstruos que en el XX habrían de asolar Europa desde el Atlántico hasta los Urales. Y adviertían dolorosamente de la indolencia que cegó e impidió a los europeos de entonces percibir "las señales de fuego en la pared".

     Un continente desolado y que sin embargo consiguió rehacerse y recuperar la utopía ilustrada de libertad, igualdad y fraternidad, pero sobre el que ahora, a principios de este nuevo siglo, se cierne otra vez la amenaza de la intolerancia y de los totalitarismos, fantasmas que de nuevo dibujan llamas en las pulcras paredes de las casas europeas ante la indiferencia y la apatía ciudadanas.

     Una Europa que no ha sido capaz de reconstruirse socialmente, que gobernada por títeres ha abandonado el ejercicio del poder en manos de organismos no democráticos y con intereses meramente económicos; una Europa que propugna la austeridad no como medio, sino como fin, aun por encima de su enorme coste social; y una Europa que cierra sus fronteras y mira hacia otro lado ante la muerte y la desesperación causadas por la guerra y deja que en su seno renazca la semilla del fascismo, cuya fanática sombra empieza a extenderse invisible en la oscuridad. 

     Las tristes y premonitorias palabras de Stefan Zweig, desgraciadamente, vuelven a tener significado hoy día. Creo que no es ninguna exageración afirmar que asistimos a las primeras grietas en la estructura de la Unión Europea y al comienzo de su desintegración. Y creo que como ciudadanos somos culpables de impasibilidad ante el nacimiento de un nuevo engendro de consecuencias imprevisibles.




 

20 de octubre de 2015

Reseña. El reino. Emmanuel Carrère.



"Entre la palabra de Dios y la comprensión, lo que cuenta es la palabra".



Rogier van der Weyden: San Lucas dibujando a la Virgen.



     ¿Autobiografía, ensayo, novela histórica?. Todo eso y a la vez nada de eso. El Reino es un impresionante ejercicio de honradez literaria, una profunda confesión interior, una lúcida y tal vez incómoda visión de cómo fue o pudo ser la formación inicial del cristianismo. Y sobre todo es un regalo para el lector, que sin duda disfrutará vagando junto a Carrère entre lo real, lo probable y lo inventado. Como un placentero juego con un transfondo histórico detrás, que sin embargo se engrandece y se configura con elementos de ficción más que verosímiles.

     Hablo de honradez porque en El Reino el lector es en todo momento sapiente sobre si lo que está leyendo es un hecho histórico, una teoría más o menos probable o simplemente ficción. Asentado en un pulcro agnosticismo, Carrére no deja de maravillarse ante la fuerza de la fe: "Los creyentes han recibido la gracia increible de creer algo increible: la resurrección es imposible, pero un hombre ha resucitado. En esto descansa toda la doctrina de Pablo".

     Porque es Pablo, el converso, el hilo principal de esta historia, junto a Lucas: médico, griego, culto, autor de los Hechos de los Apóstoles y del evangelio que lleva su nombre. Las Epístolas Paulinas son el documento más antiguo del Nuevo Testamento y sobre ellas comienza la formación del cristianismo. Muy al fondo, desdibujada y un tanto indeterminada, la figura de Jesús, quizá desconocedor de lo que representará para la humanidad. ¿Profeta, Mesías, Salvador? Es posible. Pero también pudo ser un zelote, un iluminado, un loco, o simplemente un delincuente común. De alguna manera tengo la impresión de que la historia del Hijo de Dios fue escrita por el hombre para crear y dar forma a la doctrina cristiana, al contrario de como se nos ha enseñado a pensar.

     Dos facciones enemigas e irreconciliables forman el embrión de esta nueva religión. Una anclada en el Antiguo Testamento y que pretende continuar con la ley mosaica, encabezada por un pescador que posiblemente no supiera leer ni escribir: Pedro. Y otra más culta, más abierta, que propugna una ruptura con el judaismo y aspira a extenderse al mundo helénico y, sobre todo, a Roma. Esta segunda es la que terminará imponiéndose tras un hecho histórico determinante: la destrucción de Jerusalén y del Templo por parte del Imperio Romano. Es Pablo el arquitecto, el ideólogo del cristianismo, y el responsable de que este nuevo pensamiento impregnara las estructuras éticas del mundo romanizado, que perviven hasta el día de hoy.


     "... se puede decir que Dios es la respuesta que damos a nuestra angustia, pero se puede decir también que nuestra angustia es el medio del que él se sirve para darse a conocer ante nosotros. Sí, claro, puedo decir que me convertí porque estaba desesperado, pero también puedo decir que Dios me ha concedido la gracia de la desesperación para convertirme. Es lo que quiero pensar con todas mis fuerzas: que la ilusión no es la fe, como cree Freud, sino lo que hace dudar de ella, como saben los místicos."


     Hay una primera parte en El Reino en la que Carrère nos participa de un período de su vida en el que se convirtió al catolicismo, y cómo fue derivando hacia el agnosticismo del que se declara militante. Es un episodio personal que me ha interesado muchísimo, porque yo también fui católico en un momento determinado. La conversión no es tan espectacular como la de Saulo en el camino hacia Damasco. Es más bien un proceso de abandono, una relajación del yo en manos de Dios. Se nos descubre una religión que nos ciega y nos seduce: la religión del amor, de la alegría. En palabras del propio Carrère, "el paradógico argumento de que someterse a un dogma es un acto de suprema libertad".

     Sin embargo una tarde de invierno mi fe se cayó de entre las hojas del cuaderno de filosofía. El Verbo con el que Juan comienza su evangelio es el Logos, es la Verdad, la Palabra, la Luz. Pero es la única verdad, la única palabra, la única luz. Y sin embargo todo el progreso del conocimiento humano se ha basado justo en lo contrario: el error, la duda, la pregunta replanteada y la búsqueda de la respuesta, la humildad suficiente para decir de algo que no lo sabemos, en lugar de buscar una explicación revelada e incuestionable.

     El agnóstico es un ateo que todavía se encuentra en proceso de transformación. Es como quien está en el trampolín dudando entre volverse o saltar a las frías aguas de la existencia. Pero no hay marcha atrás. Una vez que la duda ha minado el corazón del hombre es imposible recuperar la inocencia de la fe. La única manera de avanzar es saltar al agua y nadar, a pesar de todo.




16 de octubre de 2015

Alegoría del poder.






     El palacio del poder es un laberinto de estancias comunicantes. No tiene ventanas y no hay puerta visible. Lo primero que tienes que hacer es descubrir cómo entrar. Cuando hayas resuelto ese acertijo, cuando hayas llegado como suplicante a la primera antesala del poder, encontrarás en ella a un hombre de cabeza de chacal, que intentará expulsarte. Si te quedas, intentará devorarte. Si puedes engañarlo y pasar, entrarás en una segunda estancia, esta vez guardada por un hombre con cabeza de perro rabioso, y en la siguiente te enfrentarás con un hombre de cabeza de oso hambriento, y así sucesivamente. En la penúltima habitación habrá un hombre con cabeza de zorro. Ese hombre no intentará mantenerte alejada de la última estancia, en la que se sienta el hombre del verdadero poder. En cambio, intentará convencerte de que ya estás en ella, y de que ese hombre es él mismo.

     Si consigues no dejarte engañar por los trucos del hombre-zorro y lo dejas atrás, te encontrarás en la estancia del poder. La estancia del poder no es impresionante y en ella el hombre de poder se enfrenta contigo por encima de un escritorio vacío. Parece pequeño, insignificante, temeroso; porque ahora que has atravesado sus defensas tiene que darte lo que tu corazón desea. Esa es la ley. Sin embargo, al salir, el hombre-zorro, el hombre-oso, el hombre-perro y el hombre-chacal no están allí. En cambio, las estancias están llenas de monstruos voladores semihumanos, hombres alados de cabeza de pájaro, hombres-águila y hombres-buitre, hombres-alcatraz y hombres-halcón. Descienden en picado y tratan de arrancarte el tesoro. Cada uno de ellos se lleva entre las garras un pedacito. ¿Cuánto conseguirás sacar de la casa del poder? Los golpeas, proteges con el cuerpo tu tesoro. Ellos te arañan la espalda con sus garras relucientes, azules y blancas. Y cuando lo consigues y estás otra vez fuera, bizqueando dolorosamente a la luz brillante y agarrando el resto de tu tesoro, pobre y desgarrado, tienes que persuadir a la escéptica multitud, ¡la envidiosa e impotente multitud!, de que has vuelto con todo lo que querías. Si no lo haces, quedarás marcada para siempre como fracasada. Esa es la naturaleza del poder.

Salman Rushdie.
Salimán el payaso.


12 de septiembre de 2015

Reseña. Vida y destino. Vasili Grossman.








     "Y ahí estaba, una mujer vieja ahora; vive esperando el bien, cree, teme el mal, llena de angustia por los que viven y también por los que están muertos; ahí está, mirando las ruinas de su casa, admirando el cielo de primavera sin saber que lo está admirando, preguntándose por qué el futuro de los que ama es tan oscuro y sus vidas están tan llenas de errores, sin darse cuenta de que precisamente esa confusión, esa niebla y ese dolor aportan la respuesta, la claridad, la esperanza, sin darse cuenta de que en lo más profundo de su alma ya conoce el significado de la vida que le ha tocado vivir, a ella y a los suyos. Y aunque ninguno de ellos pueda decir qué les espera, aunque sepan que en una época tan terrible el ser humano no es ya forjador de su propia felicidad y que sólo el destino tiene el poder de indultar y castigar, de ensalzar en la gloria y hundir en la miseria, de convertir a un hombre en polvo de un campo penitenciario, sin embargo ni el destino ni la historia ni la ira del Estado ni la gloria o la infamia de la batalla tienen poder para transformar a los que llevan por nombre seres humanos. Fuera lo que fuese lo que les deparara el futuro -la fama por su trabajo o la soledad, la miseria y la desesperación, la muerte y la ejecución-, ellos vivirán como seres humanos y morirán como seres humanos, y lo mismo para aquellos que ya han muerto; y sólo en eso consiste la victoria amarga y eterna del hombre sobre las fuerzas grandiosas e inhumanas que hubo y habrá en el mundo."


 

18 de julio de 2015

De razones y ética.


Campo de Retamas. Rafael Sánchez Ferlosio. (A modo de reseña.)


     "Sabía que me habia enamorado de Lolita para siempre; pero también sabía que ella no sería siempre Lolita", piensa en un momento determinado Humbert Humbert. ¿Es acaso el hombre capaz sólo de amar realmente aquello que es efímero?. Más bien creo que en realidad nada hay que no lo sea, que ninguna verdad permanece mas que, acaso, en el recuerdo. El pensamiento de Heráclito es aplicable en ambos sentidos: no entramos en los mismos ríos porque ni ellos ni nosotros somos los mismos.

     La mayor tragedia para el hombre es saber que todo aquello que hoy le resulta fundamental, todo aquello en lo que basa la estructura de su ego, su propia forma de pensar y de percibir el universo, su propia moral, su totalidad, un día se revelará intrascendente y nos parecerá ajena. No hay manera de prolongar el presente más que guardarlo en la memoria, casi nunca sin traicionarlo.  No nos reconocemos en el pasado y sin embargo parecemos ignorar que en el futuro seremos distintos. Dice Sánchez Ferlosio en uno de sus pecios: "Los días felices los pone allí el recuerdo. Por eso son tan tristes".




     Un pecio es un resto de naufragio. El testimonio hundido y oculto de una tragedia, pero también el de quién sabe qué aventuras y qué vivencias. La incertidumbe de las vidas desaparecidas, algunas salvadas y otras perdidas para siempre, todas truncadas en su destino. En Campo de Retamas, Rafael Sánchez Ferlosio reúne una serie de párrafos, en su mayoría breves, inconexos, algunos incompletos. No son sentencias, más bien invitan al lector a realizar un ejercicio de imaginación, una reflexión sin necesidad de fijarle un objetivo determinado. Él los llama pecios.

     Hace unos días, en el trayecto de AVE entre Córdoba y Madrid, uno de estos pecios me hizo más ligero el trayecto:

    "No hay ser más feroz ni más temible que el que tiene razón. Ya Weber señaló la inmoralidad de la intromisión de la moral en la guerra en uno de sus pasajes más conocidos, donde llega a llamar abyecto al uso de la ética como instrumento para tener razón."

     Aunque la frase del politólogo Max Weber hace referencia a la guerra, negando cualquier justificación moral de la misma, es fácil descontextualizarla y jugar con ella como pasatiempo para amenizar un viaje en tren. La ética no dialoga, se impone; no cede, es inamovible por definición. Quien usa la ética como argumento se opone a cualquier argumentación. 

     El recorrido mental tiene ida y vuelta. Quien use el razonamiento sin ningún apoyo ético llegará a conclusiones que, aún razonadas, resulten inaceptables. Por ejemplo, podemos concluir que se deje de gastar dinero público en el tratamiento sanitario de enfermos incurables. El razonamiento puede ser válido técnicamente, pero inadmisible. Sin embargo, no es tan absurdo como parece. Hace unos años en el Reino Unido hubo una propuesta para sacar a los fumadores de la sanidad pública. Y en España recientemente una sentencia del Tribunal Constitucional ha reconocido a un farmacéutico el derecho a negarse a vender la píldora del día después por objeción de conciencia. Además este señor, en uso de su particular ética, se niega también a vender preservativos. Siendo farmacéutico, cabe dar por sentado que no ignora que además de un método anticonceptivo el preservativo se usa para prevenir enfermedades de transmisión sexual.

      Dos días después, en el viaje de vuelta en el mismo tren, un nuevo pecio vino a resolver mi razonamiento, evitándome el naufragio: 

     "Tan egocéntrica y redundante es esta ética, que, del pecado, no conoce ni teme más que la culpa propia, no el daño ajeno".


   




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28 de junio de 2015

Reseña. Industrias y andanzas de Alfanhuí. Rafael Sánchez Ferlosio.








 
     Caminar hasta el horizonte al atardecer para atrapar el color rojo que viste el cielo a esa última hora del día. Una criada disecada que se mueve sobre una tabla con ruedas y sabe encender el fuego que aviva las viejas historias del maestro taxidermista:

     "Hablaba el fuego con sus dientes antiguos; componía espigas y las desgranaba. Cada espiga una historia, cada historia una sonrisa. Como puñados de trigo derramados sobre la piedra, volvían del fuego las historias. El eco de las historias duerme en las chimeneas. El viento quiere desbaratarlas. El fuego las despierta. El fuego despertaba la frente del maestro del fondo de la mirada de Alfanhuí. Clara frente. Alfanhuí escuchaba las historias repetidas; recogía el trigo con sus manos, reconocía la voz. Reconocía también, entre el trigo, sus viejas sonrisas. Noches enteras. A bocanadas entraban por el fuego las historias, llenaban la cocina. Ahora el fuego crecía solo, menguaba solo, solo volvía a crecer y solo se apagaba. Alfanhuí miraba y oía. Dejaba de mirar, y ya no oía."

      
     Dos ladrones que han abandonado su oficio y que todas las noches cuentan y reparten las monedas de su botín. Un olmo inmenso y redondo que retiene el viento en su copa durante siete días y siete noches, y cuando al fin lo deja salir escapa por debajo, mareado y sin saber hacia dónde tirar. La pensión de doña Tere, o la curiosa historia de su padre:

     "Su padre era labrador y tenía algunas tierras. Una tarde se durmió arando con los bueyes. Y como no volvía el arado, los bueyes siguieron y se salieron del campo. El  hombre seguía andando, con sus manos en la mancera. Iban hacia Poniente. Tampoco a la noche se detuvieron. Pasaron vados y montañas sin que el hombre despertara. Hicieron todo el camino del Tajo y llegaron a Portugal. El hombre no despertaba. Algunos vieron pasar a este hombre que araba con sus bueyes un surco solo, largo, recto, a lo largo de las montañas, al través de los ríos. Nadie se atrevió a despertarle. Una mañana llegó al mar. Atravesó la playa; los bueyes entraron en la mar. Rompían las olas en sus pechos. El hombre sintió el agua por el vientre y despertó. Detuvo a los bueyes y dejó de arar. En un pueblo cercano preguntó dónde estaba y vendió sus bueyes y el arado. Luego cogió los dineros, y por el mismo surco que había hecho, volvió a su tierra. Aquel mismo día hizo testamento y murió rodeado de todos los suyos."


     Este es el mundo de Alfanhuí, un niño "que aprendió un alfabeto raro que nadie le entendía, y tuvo que irse de la escuela porque el maestro decía que daba mal ejemplo". Así comienza un viaje por la frontera entre la realidad y la imaginación, un camino iniciático y fantástico, de una tremenda plasticidad, que resulta realmente placentero para el lector. Es como una ajena evocación de la infancia, carente de esa ñoña nostalgia de la que los adultos la revestimos a veces. Pero este viaje hacia atrás en el tiempo no es inmaculado. El dolor, el miedo, la progresiva pérdida de la inocencia están también aquí. ¿Literatura infantil? Cela dijo de él que era un libro sin edad. Cuando se escribió, en 1951, la infancia no era un tiempo fácil en España. Quizá sería más apropiado decir que es un alegato contra la estrecha visión de la realidad como algo indiscutible. El propio Sánchez Ferlosio, en el prólogo de su "Campo de retamas", define esta idea:  La indiscutiblidad es como un carisma que sacraliza la palabra, canjeando por la magia de la literalidad toda posible capacidad significante.



     En el libro hay muchos personajes, ninguno real ni tampoco completamente imaginario. El de la abuela de Alfanhuí, que cada primavera incuba en su regazo los huevos que los niños recogen en el campo, es quizá el que me resulta más entrañable. El más necesario resulta ser un objeto imposible: la flauta que portaba "un mendigo robusto y alegre, que era al revés que las demás y que había que tocarla en medio de un gran estruendo, porque en lugar de ser, como en las otras, el silencio, fondo y el sonido, tonada, en ésta el ruído hacía de fondo y el silencio daba la melodía. La tocaba en medio de las grandes tormentas, entre truenos y aguaceros, y salían de ella notas de silencio, finas y ligeras, como hilos de niebla. Y nunca tenía miedo de nada".



 


6 de junio de 2015

Mañana, hoy será pasado.



(A L., para que relativice un poco el presente)




    



     No alcanzamos a ver más allá del mañana y lo vemos como el término del tiempo, lo mismo que si fuéramos niños de corta edad, que creen que la momentánea ausencia de la madre es definitiva e irreversible, un abandono en toda regla; que si tienen hambre o sed y no les ponen inmediato remedio las padecerán ya para siempre; que si se hacen un rasguño ese dolor no acabará nunca, ni siquiera adivinan la costra; que si se sienten protegidos y a resguardo eso no sufrirá variaciones durante el resto de su vida, el cual tan sólo conciben de día en día o de hora en hora o de cinco en cinco minutos. No cambiamos mucho, en ese aspecto, cuando somos adultos, ni cuando somos viejos y ese resto se acorta. El pasado no cuenta, es tiempo expirado y negado, es tiempo de error o de ingenuidad e insipiencia y acaba por ser tiempo digno de lástima, lo que lo invalida y envuelve es a la postre esta idea: ´Qué poco sabíamos, qué tontos fuimos, qué inocentes, ignorábamos lo que nos aguardaba y ahora estamos al tanto´. Y en ese saber de ahora somos incapaces de tener en cuenta que mañana sabremos otra cosa distinta y el hoy nos parecerá igual de tonto que el ayer y el anteayer y que el día en que nos arrojaron al mundo, o quizá fue en plena noche bajo esa luna desdeñosa y harta. Vamos de engaño en engaño, y no nos engañamos al respecto, y aun así, a cada instante, el último lo damos por cierto.



Javier Marías. "Asi empieza lo malo."




3 de mayo de 2015

María de Zayas. Una feminista en el Siglo de Oro.





     Si a cualquiera de nosotros se nos preguntara por el nombre de escritores del Siglo de Oro español, todos seríamos capaces de indicar algunos de ellos. Por el contrario, si nos pidieran nombres de escritoras, el resultado sería seguramente distinto. Y sin embargo, haberlas, húbolas. 

     Y una de ellas fue María de Zayas y Sotomayor, autora del denominado "Decamerón español", que podría considerarse precursora de los movimientos feministas. En una época en que las mujeres que escribían firmaban con nombre masculino para poder difundir su obra, fue siempre una escritora reivindicativa y valiente. No se conocen muchos datos de su biografía (incluso se ignora la fecha de su muerte), signo de que no interesó demasiado su estudio, a pesar de que autores coetáneos de la talla de Lope de Vega la citaran. Abunda más en ello el hecho de que la Inquisición prohibiera en el siglo XVIII la publicación de sus escritos. Sin embargo hay que ser honestos y decir aquí que dicha prohibición no obedece a escándalo por su reivindicaciones de género, sino más bien por la forma y descaro con la que abordaba los temas eróticos o sexuales (sabida es la afición inquisitorial a juzgar las alcobas ajenas).


         En La inocencia castigada podemos leer: 


     "¿Por qué, vanos legisladores del mundo, atáis nuestras manos para las venganzas, imposibilitando nuestras fuerzas con vuestras falsas opiniones, pues nos negáis letras y armas? ¿Nuestra alma no es la misma que la de los hombres? Pues si ella es la que da valor al cuerpo. ¿quién obliga a los nuestros a tanta cobardía? Yo aseguro que si entendierais como os burláis; así por tenernos sujetas desde que nacimos, vais enflaqueciendo nuestras fuerzas con temores de la honra, y el entendimiento con el recato de la vergüenza, dándonos por espadas ruecas y por libros almohadillas."









16 de abril de 2015

Los Espejos de Eduardo Galeano.




     Desde que el hombre aprendió a dejar constancia escrita de los acontecimientos, la pluma del historiador siempre se ha movido inclinada por el peso de algún interés espurio. Con frecuencia se esconde lo obvio de forma tan sutil que aprendemos Historia sin darnos cuenta de que lo más evidente se deforma o directamente se oculta.

     Hay escritores cuya palabra es luz. La escritura de Eduardo Galeano alumbra las conciencias de quienes le leen. Con su literatura pequeña, consigue hacer visible lo evidente, mostrar lo que, a pesar de su propia obviedad, no somos capaces de ver, cegados por la palabrería hipócrita de los libros de historia:






Cuenta la historia oficial que Vasco Núñez de Balboa fue el primer hombre que vio, desde una cumbre de Panamá, los dos océanos. Los que allí vivían, ¿eran ciegos?








15 de marzo de 2015

De la felicidad y su condicionamiento.








Todo condicionamiento se dirige a lograr que la gente ame su inevitable destino social.

Aldous Huxley. Un mundo feliz.




     Es frecuente pensar en las distopías como entidades altamente improbables o muy lejanas en el tiempo, a pesar de que algunas de ellas han descrito sociedades con claros parecidos a ciertas realidades políticas (1984, de Orwell) o han evidenciado la discriminación de la mujer y su sometimiento a doctrinas religiosas y misóginas en cuestión de sexo y reproducción (El cuento de la criada, de Margaret Atwood) que tienen un preocupante parecido con situaciones actuales. En Un mundo feliz, de Aldous Huxley, la distorsión respecto de la realidad está provocada por el avance de la ciencia y la tecnología, que permite el diseño de una sociedad de castas homogéneas y predefinidas. Publicada en 1932, en mi opinión resulta un relato a día de hoy carente de interés y, sobre todo, de menor rango que las otras dos obras citadas.

     Sin embargo mientras uno avanza páginas se va instalando una cierta desazón, una sensación vaga e incómoda que nos dice que, por debajo de lo que hoy en día no es más que ciencia ficción, algo reconocible ronda entre las palabras escritas hace casi cien años, algo que es real y que además no es futuro sino presente: el condicionamiento.
    
     El mayor de todos los condicionantes a lo largo de la historia de la humanidad ha sido y es la religión, pero no es ni mucho menos el único. Desde el nacimiento nos movemos en un entorno histórico, social y cultural que nos moldea de forma evidente. Pero hay otros más sutiles, algunos tanto que ni siquiera los advertimos. Obviamente no somos condicionados de forma individual, pero sí se va dirigiendo de alguna manera a la sociedad hacia determinados comportamientos para que resulte dócil. Consumimos cine, televisión, internet, música y literatura que la mayoría de las veces no elegimos nosotros libremente aunque podamos pensar que sí. Toleramos, cuando no participamos en ellas, tradiciones que disfrazadas de cultura esconden (y trasmiten) un pensamiento fuertemente reaccionario. Creemos desear lo que deseamos cuando en realidad nos guían a pedir aquello que nos va a ser dado obtener sin esfuerzo.






     Para Aristóteles la felicidad era el bien supremo del hombre. Cada vez tengo más dudas de que la felicidad consista en un estado que se pueda alcanzar de alguna manera. Más bien creo que es algo que de cuando en cuando sale a nuestro encuentro y que dura un instante, como un roce imprevisto, que la mayor dificultad no es llegar a él sino reconocerlo, darnos cuenta del momento en que ese breve aleteo se nos hace presente y real. No puede existir la luz sin la oscuridad, ni la risa sin el llanto. Para mí la felicidad puede ser un paseo por calles solitarias en una noche de invierno después de la lluvia, pero en contraposición han sido anodinas otras muchas noches. Desconfío de todo aquello que me es dado sin mérito y sin esfuerzo, pero sobre todo detesto cualquier promesa de felicidad en cuya letra pequeña figuren las palabras sumisión, conformismo, aceptación o resignación. ¿Les suena alguna de ellas en relación con sus momentos felices? Sean entonces inteligentes y deséchenlos como tales, no se dejen condicionar, al menos conscientemente.




17 de febrero de 2015

La utopía.








Ella está en el horizonte.
Me acerco dos pasos,
ella se aleja dos pasos.
Camino diez pasos y el horizonte
se corre diez pasos más para allá.

Por mucho que camine,
nunca la alcanzaré.
¿Para qué sirve la Utopía?
Para eso sirve: para caminar.
Eduardo Galeano.
   


     Nadie tiene derecho a impedirte soñar. Ni tus padres, ni tu pareja, ni tus profesores. Ninguna autoridad, ningún Estado, ninguna religión ni ningún Dios puede prohibirte caminar en pos de un anhelo. Pero serás afortunado si tienes a alguien que te enseñe que es una ingenuidad pretender cruzar a nado el océano para alcanzar el horizonte.

     Yo te facilitaré la madera para que construyas un barco. Cuanto mayor y más sólido lo hagas más lejos podrás navegar en él. Yo te facilitaré la lona para que erijas su vela, y te mostraré cómo abrirla al viento cuanto éste te sea favorable, y cómo plegarla cuando te impida avanzar. Te daré un mapa y una brújula, para cuando necesites buscar una playa en la que descansar o un puerto en el que refugiarte de una tormenta. Te enseñaré a navegar y te entregaré una bitácora en blanco. No dejes que nadie más que tú escriba en ella, porque será el relato de tu vida.

     Alguna vez ten la mesura suficiente para detenerte y mirar atrás, medir las dimensiones tremendas del camino andado. Recordar al viejo poeta que murió añorando el sol de su infancia: son tus huellas el camino y nada más.

     Porque el horizonte no es el fin, sino el medio. No es llegar, sino recorrer el camino lo que llamamos vivir, y lo hacemos sin darnos cuenta. Citando de nuevo a Galeano, "como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega".







31 de enero de 2015

Las uvas de la ira. El valor actual de un mensaje.







"Y en los ojos de la gente se reflejaba el fracaso; y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y cogen peso, listas para la vendimia."




     A comienzos de la década de los treinta del siglo pasado, la sequía, unida a la gran depresión económica y a la mecanización de la agricultura, generó en Estados Unidos que miles de pequeños agricultores perdieran sus tierras y se vieran obligados a emigrar masivamente hacia el oeste, fundamentalmente a California, seducidos por ofertas de trabajo que no resultarían ser como prometían. Una gran parte de estos emigrantes provenían de Oklahoma. La abreviatura OK de las matrículas de los coches y camiones en que viajaban les dio el despectivo nombre de Okies. 


"Los hombres comían algo que no habían cultivado y no había conexión entre ellos y el pan."


     Aquellos pequeños agricultores eran incapaces de entender que no hubiera un hombre responsable de que perdieran sus tierras, agobiados por las deudas y la sequía. El Banco era el responsable, pero El Banco es un ente abstracto, tenía que haber alguien que tomara las decisiones, alguien a quien poder disparar. Ellos obtenían su alimento de la tierra que ahora les era arrebatada y se veían forzados a una huida en la que no iban a encontrar otra cosa que no fuera miseria, rechazo e incomprensión.


     Las uvas de la ira es un relato tremendo sobre el viaje sin rumbo y sin fin de una familia de "okies". Es un grito contra la explotación laboral y la injusticia social, un completo estudio de las causas y consecuencias de los movimientos migratorios y el rechazo que generan. Pero lo que lo hace estremecedor en realidad es que los hechos que cuenta se continúan produciendo ahora, lo que lo hace absolutamente imprescindible es su rabiosa actualidad.








"... porque un hombre hambriento debe trabajar, y si debe trabajar, si tiene que trabajar, automáticamente se le paga un salario más bajo; y entonces nadie puede ganar más."

     Las relaciones laborales no pueden estar sujetas a las leyes capitalistas de mercado, porque entonces no generan más que pobreza y miseria, y se llega a que con el salario que se obtiene de un trabajo no sea suficiente para vivir. Por eso hay una legislación específicamente laboral. Pero cada vez que se habla de "flexibilizar" el mercado de trabajo para crear empleo en realidad se está hablando de dejar las relaciones laborales al albedrío de la oferta y la demanda, creando una clase obrera cada vez más pobre. El eurosocialismo intentó paliar esta degradación para evitar levantamientos mediante prestaciones sociales, naciendo así el llamado "Estado de bienestar", que viene a suplir la carencia de justicia pero sin resolver el problema de fondo. No era un argumento nuevo:


"La economía en proceso de cambio fue ignorada, al igual que los planes del cambio; y sólo se consideraron los medios para extinguir la revuelta, mientras persistían las causas de la misma."


     Las uvas de la ira es la historia de una derrota. Una derrota contra un sistema incomprensible e injusto. Pero es también un alentador ejercicio de solidaridad. Sólo se puede esperar ayuda de quien no tiene nada, de quien lo ha perdido todo, viene a decir uno de sus personajes en un momento dado. Y es cierto. Después de casi setencientas páginas, el lector quedará confuso con el imprevisible final, anonadado por esta verdad que sobrevive y sobrepasa a todas las doctrinas económicas y a todas las migraciones. Porque la última página del libro describe un acto de piedad que es más antiguo que el hombre mismo y que le hace grande, más grande que cualquiera de sus mezquinas obras.






"Teme el momento en que el hombre deje de sufrir y morir por un concepto, porque esta cualidad es la base de la esencia humana, esta cualidad es el hombre mismo, y lo que le diferencia en el conjunto del universo."