... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

28 de junio de 2015

Reseña. Industrias y andanzas de Alfanhuí. Rafael Sánchez Ferlosio.








 
     Caminar hasta el horizonte al atardecer para atrapar el color rojo que viste el cielo a esa última hora del día. Una criada disecada que se mueve sobre una tabla con ruedas y sabe encender el fuego que aviva las viejas historias del maestro taxidermista:

     "Hablaba el fuego con sus dientes antiguos; componía espigas y las desgranaba. Cada espiga una historia, cada historia una sonrisa. Como puñados de trigo derramados sobre la piedra, volvían del fuego las historias. El eco de las historias duerme en las chimeneas. El viento quiere desbaratarlas. El fuego las despierta. El fuego despertaba la frente del maestro del fondo de la mirada de Alfanhuí. Clara frente. Alfanhuí escuchaba las historias repetidas; recogía el trigo con sus manos, reconocía la voz. Reconocía también, entre el trigo, sus viejas sonrisas. Noches enteras. A bocanadas entraban por el fuego las historias, llenaban la cocina. Ahora el fuego crecía solo, menguaba solo, solo volvía a crecer y solo se apagaba. Alfanhuí miraba y oía. Dejaba de mirar, y ya no oía."

      
     Dos ladrones que han abandonado su oficio y que todas las noches cuentan y reparten las monedas de su botín. Un olmo inmenso y redondo que retiene el viento en su copa durante siete días y siete noches, y cuando al fin lo deja salir escapa por debajo, mareado y sin saber hacia dónde tirar. La pensión de doña Tere, o la curiosa historia de su padre:

     "Su padre era labrador y tenía algunas tierras. Una tarde se durmió arando con los bueyes. Y como no volvía el arado, los bueyes siguieron y se salieron del campo. El  hombre seguía andando, con sus manos en la mancera. Iban hacia Poniente. Tampoco a la noche se detuvieron. Pasaron vados y montañas sin que el hombre despertara. Hicieron todo el camino del Tajo y llegaron a Portugal. El hombre no despertaba. Algunos vieron pasar a este hombre que araba con sus bueyes un surco solo, largo, recto, a lo largo de las montañas, al través de los ríos. Nadie se atrevió a despertarle. Una mañana llegó al mar. Atravesó la playa; los bueyes entraron en la mar. Rompían las olas en sus pechos. El hombre sintió el agua por el vientre y despertó. Detuvo a los bueyes y dejó de arar. En un pueblo cercano preguntó dónde estaba y vendió sus bueyes y el arado. Luego cogió los dineros, y por el mismo surco que había hecho, volvió a su tierra. Aquel mismo día hizo testamento y murió rodeado de todos los suyos."


     Este es el mundo de Alfanhuí, un niño "que aprendió un alfabeto raro que nadie le entendía, y tuvo que irse de la escuela porque el maestro decía que daba mal ejemplo". Así comienza un viaje por la frontera entre la realidad y la imaginación, un camino iniciático y fantástico, de una tremenda plasticidad, que resulta realmente placentero para el lector. Es como una ajena evocación de la infancia, carente de esa ñoña nostalgia de la que los adultos la revestimos a veces. Pero este viaje hacia atrás en el tiempo no es inmaculado. El dolor, el miedo, la progresiva pérdida de la inocencia están también aquí. ¿Literatura infantil? Cela dijo de él que era un libro sin edad. Cuando se escribió, en 1951, la infancia no era un tiempo fácil en España. Quizá sería más apropiado decir que es un alegato contra la estrecha visión de la realidad como algo indiscutible. El propio Sánchez Ferlosio, en el prólogo de su "Campo de retamas", define esta idea:  La indiscutiblidad es como un carisma que sacraliza la palabra, canjeando por la magia de la literalidad toda posible capacidad significante.



     En el libro hay muchos personajes, ninguno real ni tampoco completamente imaginario. El de la abuela de Alfanhuí, que cada primavera incuba en su regazo los huevos que los niños recogen en el campo, es quizá el que me resulta más entrañable. El más necesario resulta ser un objeto imposible: la flauta que portaba "un mendigo robusto y alegre, que era al revés que las demás y que había que tocarla en medio de un gran estruendo, porque en lugar de ser, como en las otras, el silencio, fondo y el sonido, tonada, en ésta el ruído hacía de fondo y el silencio daba la melodía. La tocaba en medio de las grandes tormentas, entre truenos y aguaceros, y salían de ella notas de silencio, finas y ligeras, como hilos de niebla. Y nunca tenía miedo de nada".



 


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