... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

16 de octubre de 2015

Alegoría del poder.






     El palacio del poder es un laberinto de estancias comunicantes. No tiene ventanas y no hay puerta visible. Lo primero que tienes que hacer es descubrir cómo entrar. Cuando hayas resuelto ese acertijo, cuando hayas llegado como suplicante a la primera antesala del poder, encontrarás en ella a un hombre de cabeza de chacal, que intentará expulsarte. Si te quedas, intentará devorarte. Si puedes engañarlo y pasar, entrarás en una segunda estancia, esta vez guardada por un hombre con cabeza de perro rabioso, y en la siguiente te enfrentarás con un hombre de cabeza de oso hambriento, y así sucesivamente. En la penúltima habitación habrá un hombre con cabeza de zorro. Ese hombre no intentará mantenerte alejada de la última estancia, en la que se sienta el hombre del verdadero poder. En cambio, intentará convencerte de que ya estás en ella, y de que ese hombre es él mismo.

     Si consigues no dejarte engañar por los trucos del hombre-zorro y lo dejas atrás, te encontrarás en la estancia del poder. La estancia del poder no es impresionante y en ella el hombre de poder se enfrenta contigo por encima de un escritorio vacío. Parece pequeño, insignificante, temeroso; porque ahora que has atravesado sus defensas tiene que darte lo que tu corazón desea. Esa es la ley. Sin embargo, al salir, el hombre-zorro, el hombre-oso, el hombre-perro y el hombre-chacal no están allí. En cambio, las estancias están llenas de monstruos voladores semihumanos, hombres alados de cabeza de pájaro, hombres-águila y hombres-buitre, hombres-alcatraz y hombres-halcón. Descienden en picado y tratan de arrancarte el tesoro. Cada uno de ellos se lleva entre las garras un pedacito. ¿Cuánto conseguirás sacar de la casa del poder? Los golpeas, proteges con el cuerpo tu tesoro. Ellos te arañan la espalda con sus garras relucientes, azules y blancas. Y cuando lo consigues y estás otra vez fuera, bizqueando dolorosamente a la luz brillante y agarrando el resto de tu tesoro, pobre y desgarrado, tienes que persuadir a la escéptica multitud, ¡la envidiosa e impotente multitud!, de que has vuelto con todo lo que querías. Si no lo haces, quedarás marcada para siempre como fracasada. Esa es la naturaleza del poder.

Salman Rushdie.
Salimán el payaso.


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