... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

15 de marzo de 2015

De la felicidad y su condicionamiento.








Todo condicionamiento se dirige a lograr que la gente ame su inevitable destino social.

Aldous Huxley. Un mundo feliz.




     Es frecuente pensar en las distopías como entidades altamente improbables o muy lejanas en el tiempo, a pesar de que algunas de ellas han descrito sociedades con claros parecidos a ciertas realidades políticas (1984, de Orwell) o han evidenciado la discriminación de la mujer y su sometimiento a doctrinas religiosas y misóginas en cuestión de sexo y reproducción (El cuento de la criada, de Margaret Atwood) que tienen un preocupante parecido con situaciones actuales. En Un mundo feliz, de Aldous Huxley, la distorsión respecto de la realidad está provocada por el avance de la ciencia y la tecnología, que permite el diseño de una sociedad de castas homogéneas y predefinidas. Publicada en 1932, en mi opinión resulta un relato a día de hoy carente de interés y, sobre todo, de menor rango que las otras dos obras citadas.

     Sin embargo mientras uno avanza páginas se va instalando una cierta desazón, una sensación vaga e incómoda que nos dice que, por debajo de lo que hoy en día no es más que ciencia ficción, algo reconocible ronda entre las palabras escritas hace casi cien años, algo que es real y que además no es futuro sino presente: el condicionamiento.
    
     El mayor de todos los condicionantes a lo largo de la historia de la humanidad ha sido y es la religión, pero no es ni mucho menos el único. Desde el nacimiento nos movemos en un entorno histórico, social y cultural que nos moldea de forma evidente. Pero hay otros más sutiles, algunos tanto que ni siquiera los advertimos. Obviamente no somos condicionados de forma individual, pero sí se va dirigiendo de alguna manera a la sociedad hacia determinados comportamientos para que resulte dócil. Consumimos cine, televisión, internet, música y literatura que la mayoría de las veces no elegimos nosotros libremente aunque podamos pensar que sí. Toleramos, cuando no participamos en ellas, tradiciones que disfrazadas de cultura esconden (y trasmiten) un pensamiento fuertemente reaccionario. Creemos desear lo que deseamos cuando en realidad nos guían a pedir aquello que nos va a ser dado obtener sin esfuerzo.






     Para Aristóteles la felicidad era el bien supremo del hombre. Cada vez tengo más dudas de que la felicidad consista en un estado que se pueda alcanzar de alguna manera. Más bien creo que es algo que de cuando en cuando sale a nuestro encuentro y que dura un instante, como un roce imprevisto, que la mayor dificultad no es llegar a él sino reconocerlo, darnos cuenta del momento en que ese breve aleteo se nos hace presente y real. No puede existir la luz sin la oscuridad, ni la risa sin el llanto. Para mí la felicidad puede ser un paseo por calles solitarias en una noche de invierno después de la lluvia, pero en contraposición han sido anodinas otras muchas noches. Desconfío de todo aquello que me es dado sin mérito y sin esfuerzo, pero sobre todo detesto cualquier promesa de felicidad en cuya letra pequeña figuren las palabras sumisión, conformismo, aceptación o resignación. ¿Les suena alguna de ellas en relación con sus momentos felices? Sean entonces inteligentes y deséchenlos como tales, no se dejen condicionar, al menos conscientemente.