... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

27 de octubre de 2015

Quo vadis Europa





No veíamos las señales de fuego en la pared; sentados a la mesa como antaño el rey Baltasar, saboreábamos, despreocupados y sin temer al futuro, los exquisitos manjares del arte. Y tan sólo varias décadas más tarde, cuando las paredes y el techo se desplomaron sobre nuestras cabezas, reconocimos que los fundamentos habían quedado socavados ya hacía tiempo y que, con el nuevo siglo, simultáneamente había empezado en Europa el ocaso de la libertad individual.

Stefan Zweig.




     Estas palabras, que Zweig en su ensayo autobiográfico El mundo de ayer sitúa en los últimos momentos del siglo XIX, presagiaban los monstruos que en el XX habrían de asolar Europa desde el Atlántico hasta los Urales. Y adviertían dolorosamente de la indolencia que cegó e impidió a los europeos de entonces percibir "las señales de fuego en la pared".

     Un continente desolado y que sin embargo consiguió rehacerse y recuperar la utopía ilustrada de libertad, igualdad y fraternidad, pero sobre el que ahora, a principios de este nuevo siglo, se cierne otra vez la amenaza de la intolerancia y de los totalitarismos, fantasmas que de nuevo dibujan llamas en las pulcras paredes de las casas europeas ante la indiferencia y la apatía ciudadanas.

     Una Europa que no ha sido capaz de reconstruirse socialmente, que gobernada por títeres ha abandonado el ejercicio del poder en manos de organismos no democráticos y con intereses meramente económicos; una Europa que propugna la austeridad no como medio, sino como fin, aun por encima de su enorme coste social; y una Europa que cierra sus fronteras y mira hacia otro lado ante la muerte y la desesperación causadas por la guerra y deja que en su seno renazca la semilla del fascismo, cuya fanática sombra empieza a extenderse invisible en la oscuridad. 

     Las tristes y premonitorias palabras de Stefan Zweig, desgraciadamente, vuelven a tener significado hoy día. Creo que no es ninguna exageración afirmar que asistimos a las primeras grietas en la estructura de la Unión Europea y al comienzo de su desintegración. Y creo que como ciudadanos somos culpables de impasibilidad ante el nacimiento de un nuevo engendro de consecuencias imprevisibles.




 

20 de octubre de 2015

Reseña. El reino. Emmanuel Carrère.



"Entre la palabra de Dios y la comprensión, lo que cuenta es la palabra".



Rogier van der Weyden: San Lucas dibujando a la Virgen.



     ¿Autobiografía, ensayo, novela histórica?. Todo eso y a la vez nada de eso. El Reino es un impresionante ejercicio de honradez literaria, una profunda confesión interior, una lúcida y tal vez incómoda visión de cómo fue o pudo ser la formación inicial del cristianismo. Y sobre todo es un regalo para el lector, que sin duda disfrutará vagando junto a Carrère entre lo real, lo probable y lo inventado. Como un placentero juego con un transfondo histórico detrás, que sin embargo se engrandece y se configura con elementos de ficción más que verosímiles.

     Hablo de honradez porque en El Reino el lector es en todo momento sapiente sobre si lo que está leyendo es un hecho histórico, una teoría más o menos probable o simplemente ficción. Asentado en un pulcro agnosticismo, Carrére no deja de maravillarse ante la fuerza de la fe: "Los creyentes han recibido la gracia increible de creer algo increible: la resurrección es imposible, pero un hombre ha resucitado. En esto descansa toda la doctrina de Pablo".

     Porque es Pablo, el converso, el hilo principal de esta historia, junto a Lucas: médico, griego, culto, autor de los Hechos de los Apóstoles y del evangelio que lleva su nombre. Las Epístolas Paulinas son el documento más antiguo del Nuevo Testamento y sobre ellas comienza la formación del cristianismo. Muy al fondo, desdibujada y un tanto indeterminada, la figura de Jesús, quizá desconocedor de lo que representará para la humanidad. ¿Profeta, Mesías, Salvador? Es posible. Pero también pudo ser un zelote, un iluminado, un loco, o simplemente un delincuente común. De alguna manera tengo la impresión de que la historia del Hijo de Dios fue escrita por el hombre para crear y dar forma a la doctrina cristiana, al contrario de como se nos ha enseñado a pensar.

     Dos facciones enemigas e irreconciliables forman el embrión de esta nueva religión. Una anclada en el Antiguo Testamento y que pretende continuar con la ley mosaica, encabezada por un pescador que posiblemente no supiera leer ni escribir: Pedro. Y otra más culta, más abierta, que propugna una ruptura con el judaismo y aspira a extenderse al mundo helénico y, sobre todo, a Roma. Esta segunda es la que terminará imponiéndose tras un hecho histórico determinante: la destrucción de Jerusalén y del Templo por parte del Imperio Romano. Es Pablo el arquitecto, el ideólogo del cristianismo, y el responsable de que este nuevo pensamiento impregnara las estructuras éticas del mundo romanizado, que perviven hasta el día de hoy.


     "... se puede decir que Dios es la respuesta que damos a nuestra angustia, pero se puede decir también que nuestra angustia es el medio del que él se sirve para darse a conocer ante nosotros. Sí, claro, puedo decir que me convertí porque estaba desesperado, pero también puedo decir que Dios me ha concedido la gracia de la desesperación para convertirme. Es lo que quiero pensar con todas mis fuerzas: que la ilusión no es la fe, como cree Freud, sino lo que hace dudar de ella, como saben los místicos."


     Hay una primera parte en El Reino en la que Carrère nos participa de un período de su vida en el que se convirtió al catolicismo, y cómo fue derivando hacia el agnosticismo del que se declara militante. Es un episodio personal que me ha interesado muchísimo, porque yo también fui católico en un momento determinado. La conversión no es tan espectacular como la de Saulo en el camino hacia Damasco. Es más bien un proceso de abandono, una relajación del yo en manos de Dios. Se nos descubre una religión que nos ciega y nos seduce: la religión del amor, de la alegría. En palabras del propio Carrère, "el paradógico argumento de que someterse a un dogma es un acto de suprema libertad".

     Sin embargo una tarde de invierno mi fe se cayó de entre las hojas del cuaderno de filosofía. El Verbo con el que Juan comienza su evangelio es el Logos, es la Verdad, la Palabra, la Luz. Pero es la única verdad, la única palabra, la única luz. Y sin embargo todo el progreso del conocimiento humano se ha basado justo en lo contrario: el error, la duda, la pregunta replanteada y la búsqueda de la respuesta, la humildad suficiente para decir de algo que no lo sabemos, en lugar de buscar una explicación revelada e incuestionable.

     El agnóstico es un ateo que todavía se encuentra en proceso de transformación. Es como quien está en el trampolín dudando entre volverse o saltar a las frías aguas de la existencia. Pero no hay marcha atrás. Una vez que la duda ha minado el corazón del hombre es imposible recuperar la inocencia de la fe. La única manera de avanzar es saltar al agua y nadar, a pesar de todo.




16 de octubre de 2015

Alegoría del poder.






     El palacio del poder es un laberinto de estancias comunicantes. No tiene ventanas y no hay puerta visible. Lo primero que tienes que hacer es descubrir cómo entrar. Cuando hayas resuelto ese acertijo, cuando hayas llegado como suplicante a la primera antesala del poder, encontrarás en ella a un hombre de cabeza de chacal, que intentará expulsarte. Si te quedas, intentará devorarte. Si puedes engañarlo y pasar, entrarás en una segunda estancia, esta vez guardada por un hombre con cabeza de perro rabioso, y en la siguiente te enfrentarás con un hombre de cabeza de oso hambriento, y así sucesivamente. En la penúltima habitación habrá un hombre con cabeza de zorro. Ese hombre no intentará mantenerte alejada de la última estancia, en la que se sienta el hombre del verdadero poder. En cambio, intentará convencerte de que ya estás en ella, y de que ese hombre es él mismo.

     Si consigues no dejarte engañar por los trucos del hombre-zorro y lo dejas atrás, te encontrarás en la estancia del poder. La estancia del poder no es impresionante y en ella el hombre de poder se enfrenta contigo por encima de un escritorio vacío. Parece pequeño, insignificante, temeroso; porque ahora que has atravesado sus defensas tiene que darte lo que tu corazón desea. Esa es la ley. Sin embargo, al salir, el hombre-zorro, el hombre-oso, el hombre-perro y el hombre-chacal no están allí. En cambio, las estancias están llenas de monstruos voladores semihumanos, hombres alados de cabeza de pájaro, hombres-águila y hombres-buitre, hombres-alcatraz y hombres-halcón. Descienden en picado y tratan de arrancarte el tesoro. Cada uno de ellos se lleva entre las garras un pedacito. ¿Cuánto conseguirás sacar de la casa del poder? Los golpeas, proteges con el cuerpo tu tesoro. Ellos te arañan la espalda con sus garras relucientes, azules y blancas. Y cuando lo consigues y estás otra vez fuera, bizqueando dolorosamente a la luz brillante y agarrando el resto de tu tesoro, pobre y desgarrado, tienes que persuadir a la escéptica multitud, ¡la envidiosa e impotente multitud!, de que has vuelto con todo lo que querías. Si no lo haces, quedarás marcada para siempre como fracasada. Esa es la naturaleza del poder.

Salman Rushdie.
Salimán el payaso.