... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

31 de enero de 2016

Causalidades.







"Yo he tenido verdaderas aventuras. No recuerdo ningún detalle, pero veo el encadenamiento riguroso de las circunstancias. He cruzado mares, he dejado atrás ciudades y he remontado ríos; me interné en las selvas buscando siempre nuevas ciudades. He tenido mujeres, he peleado con individuos, y nunca pude volver atrás, como no puede un disco girar al revés. ¿Y a dónde me llevaba todo aquello? A este instante, a esta  banqueta, a esta burbuja de claridad rumorosa de música.

Sí, yo que tanto gusté de sentarme en Roma a orillas del Tíber; de bajar y remontar cien veces las Ramblas de Barcelona, a la noche; yo que cerca de Angkor, en el islote de Baray de Prah-Kan vi una baniana que anudaba sus raíces alrededor de la capilla de los nagas, estoy aquí, vivo en el mismo instante que los jugadores de malilla, escucho a una negra que canta mientras afuera vagabundea la noche débil."

Jean Paul Sartre.
La Náusea.







     Así reflexiona, como jugando con el pensamiento, Antoine Ronquentin en un café de la imaginaria ciudad de Bouville. Ha conseguido que le pongan en la gramola la canción And when you leave me, pero al mismo tiempo tiene que soportar a un ruidoso y molesto grupo de hombres que juegan a las cartas. Sartre le hace preguntarse, supongo que con ironía, si toda la trayectoria vital de su personaje, todas sus vivencias, incluso todo el devenir del universo desde su creación han tenido el propósito de conducirle a ese preciso instante. Como una innumerable sucesión de causas y efectos múltiples que confluyen en una circunstancia única: la realidad.

     Es fácil percibir este pasaje como una anécdota cualquiera, sin advertir que nos encontramos ante el que posiblemente sea el más antiguo de los sofismas de la humanidad: deducir de la causalidad de las cosas la existencia de una determinación, de una intencionalidad. Y sin embargo lo cierto es que la hierba crece porque llueve, no que la lluvia caiga para que la hierba crezca. Todos los sucesos tienen causa, pero carecen de propósito.

     Quizá esta manera de pensar provenga de la necesidad del ser humano de imaginar un orden que le permita entender el cosmos, obviando que la tendencia natural de éste es el caos y, por tanto, resulta incomprensible cuando menos en su totalidad. Dotar al devenir de intencionalidad obliga a aceptar la existencia de una voluntad externa, y ese pensamiento es el que lleva al hombre a resignarse con designios inescrutables e inventarse crueles y caprichosos demiurgos.

     Comparto la náusea de Sartre: la razón dejará al hombre solo en el universo enfrentado a la nada, que es su destino. Y libre. Como un dios cuya existencia no tuviera sentido.




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