... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

24 de agosto de 2016

Anticuentos completos. Juan José Millás. Retazo.




La sombra



     En un cuento, creo que de Ignacio Pedrera, se narra la historia de un sujeto al que el médico examina el fondo de los ojos con el aparato al revés, diagnosticándose a sí mismo un glaucoma. El paciente, que ha observado el error del médico, pero que no sabe cómo decírselo, le pide que le ausculte los pulmones para ganar tiempo mientras reflexiona sobre la situación. El doctor toma, también del revés, el fonendoscopio y coloca las terminales auditivas del aparato en los oídos del paciente, mientras pasea la trompetilla captadora de ruídos orgánicos por su propio pecho. Al poco, recoge el aparato y esta vez se diagnostica una bronquitis terminal mientras ordena al otro que deje de fumar y que vuelva a la semana siguiente. Así, semana tras semana, el paciente asiste al deterioro del médico, mientras éste le anuncia que se quedará ciego, perderá más tarde la voz y finalmente morirá en un golpe de tos por no haber dejado de fumar a tiempo. En efecto, a los pocos días, y después de haberse quedado ciego y mudo, muere el doctor, a cuyo funeral asiste en primera fila, entre aliviado y culpable, su paciente.

     A veces, no es necesario coger ningún aparato del revés para colocar en los otros lo que no soportamos en nosotros mismos. Todo aquello que detestamos de nuestra identidad, es lo que Jung llamaba la sombra. Esa sombra vive en los lugares más inaccesibles de nuestra conciencia, confundida con la oscuridad reinante, hasta que encontramos a alguien a quien colocársela, del mismo modo que en el cuento de Pedrera el doctor coloca su propio glaucoma en los ojos del paciente. Lo malo es que con ello no se libra de la ceguera; en alguna medida la acentúa, pues al negarla no le da el tratamiento que precisa. Es decir, que al colocar nuestra sombra en otro no nos libramos de ella: nos mata igual. Sería, pues, mucho mejor aceptarla y, si es posible, transformarla, pero no parece fácil.

     Ahora mismo entre Occidente y el Islam hay un intercambio de sombras preocupante. Quizá Satán habita en las dos culturas, pero sólo lo vemos en la otra.






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