... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

30 de abril de 2016

El olvido de género.



     
     Hace unas semanas la Junta de Andalucía, a través de la Consejería de Educación, ha lanzado su II Plan de Igualdad de Género en Educación, con especial incidencia en la implantación de un uso no sexista del lenguaje. Habremos, por tanto, de decir: "los y las jóvenes", "los alumnos y las alumnas", o bien "el alumnado"; "los profesores y las profesoras", o en su lugar, "el profesorado". Y así una batería de recomendaciones para, supuestamente, conseguir un cambio cultural en la sociedad a largo plazo.

     Imagino semejante estupidez (la de forzar el uso de la lengua) como el fruto de la imaginación de algún tecnócrata de traje ajustado, zapatos estrechos y brillantes y gruesa corbata, que un día descubre en la moqueta de su despacho, justo al lado donde cuelgan sus carísimos masteres en dios-sabe-qué, una zarza ardiendo que le revela la solución al machismo que impera en la sociedad, y que se presenta ante el atribulado político con su manual tallado en piedra para presentarlo a la comunidad educativa, ese conjunto heterogénero e irregular de adoradores de becerros de oro con tendencia pronta al descarrío moral.



     Ando estos días leyendo, más bien recién comenzado, "Memoria de la melancolía", de María Teresa León Goyri. Si se busca información en la red acerca de esta escritora, enseguida se nos hará saber que fue esposa de Rafael Alberti, como si este hecho le diera más valor a su propia escritura. Quizá podamos imaginárnosla en las propias palabras del poeta: "Surgió ante mí, rubia, hermosa, sólida y levantada." María Teresa León fue, además, una de las mejores plumas de la Generación del 27. Como sus compañeros, sufrió la represión y el exilio:

     Estoy cansada de no saber dónde morirme. Ésa es la mayor tristeza del emigrado. ¿Qué tenemos nosotros que ver con los cementerios de los países donde vivimos? Habría que hacer tantas presentaciones de los otros muertos, que no acabaríamos nunca. Estoy cansada de hilarme hacia la muerte. Y sin embargo, ¿tenemos derecho a morir sin concluir la historia que empezamos? ¿Cuántas veces hemos repetido las mismas palabras, aceptando la esperanza, llamándola, suplicándola para que no nos abandonase?

     Porque todos los desterrados de España tenemos los ojos abiertos a los sueños. León Felipe aseguró que nos habíamos llevado la canción en los labios secos y fruncidos, callados y tristes. Yo creo que nos hemos llevado la ley que hace al hombre vivir en común, la ley de la vida diaria, hermosa verdad transitoria. Nos la llevamos sin saberlo, prendida en los trajes, en los hombros, entre los dedos de las manos...

     Somos hombres y mujeres obedientes a otra ley y a otra justicia que nada tenemos que ver con lo que vino y se enseñoreó de nuestro solar, de nuestros ríos, de nuestra tierra, de nuestras ciudades. No sé si se dan cuenta los que quedaron por allá, o nacieron después, de quiénes somos los desterrados de España. Nosotros somos ellos, lo que ellos serán cuando se restablezca la verdad de la libertad. Nosotros somos la aurora que están esperando.

     Un día se asombrarán de que lleguemos, de que regresemos con nuestras ideas altas como palmas para el domingo de los ramos alegres. Nosotros, los del paraíso perdido.

     ¿No comprendéis? Nosotros somos aquello que miraron sus pensamientos uno por uno durante treinta años. Durante treinta años suspiramos por nuestro paraíso perdido, un paraíso nuestro, único, especial. Un paraíso de casas rotas y techos desplomados. Un paraíso de calles deshechas, de muertos sin enterrar. Un paraíso de muros derruídos, de torres caídas y campos desvastados. Un paraíso donde quedó la muchacha, el muchacho, la sonrisa, la canción, la flor, el amor, la juventud, los ojos, los labios tensos para besar, la mano amiga en la mano, los dedos entre el pelo, la gracia, la palabra, la camaradería, la promesa, el gesto, el aliento, todo, todo, todo... Nada tenemos que ver nosotros con las imágenes que nos muestran de España ni el cuento nuevo que nos cuentan. Podéis quedaros con todo lo que pusisteis encima. Nosotros somos los desterrados de España, los que buscamos la sombra, la silueta, el ruido de los pasos del silencio, las voces perdidas. Nuestro paraíso no es de árboles ni de flores permanentemente coloreadas. Dejadnos las ruinas. Debemos comenzar desde las ruinas. Llegaremos. Regresaremos con la ley, os enseñaremos las palabras enterradas bajo los edificios demasiado grandes de las ciudades que ya no son las nuestras.



     Después del destierro, vendría el olvido. No el olvido previsible en la España oscura, imperio de los uniformes y las negras sotanas, sino en la España libre, la democrática España, la de los manuales por la igualdad y del despotismo de los tecnócratas. Además de descargar un Pdf de internet y exhibirlo como si del mismísimo bálsamo de Fierabrás se tratase, hay muchas cosas que hacer si de verdad se quiere luchar por la igualdad entre hombres y mujeres. Tengo al lado del ordenador el libro de Lengua y Literatura de 2º de bachillerato de Editorial Anaya, que he pedido prestado a mi hijo. En el tema relativo a la Generación del 27 se menciona a Luis Cernuda, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Rafael Alberti, Miguel Hernández y Federico García Lorca. ¿Dónde están Concha Méndez, Ernestina de Champourcín, Zenobia Camprubi, Josefina de la Torre, Rosa Chacel, Cristina de Arteaga, María Zambrano y, por supuesto,  la propia María Teresa León? ¿Ni una sola de ellas merece ser estudiada en las aulas de nuestros colegios e institutos?

     Estas mujeres compartieron el destierro y la represión con sus compañeros de la Generación del 27. Pero además, y por su condición de mujeres, han sido también condenadas al silencio y al olvido, aún en la actualidad. Y como el destino a veces gusta de mostrarse cruel con los seres humanos, María Teresa León padecería en sus últimos años la enfermedad de Alzheimer, por lo que con toda seguridad tuvo que sufrir incluso su propio olvido, la pérdida del recuerdo de sí misma. En su lápida, un único verso de su amado Rafael: 



"Hoy, amor, tenemos veinte años."