... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

15 de mayo de 2016

De las tradiciones.



     Cuenta María Teresa León en su Memoria de la melancolía que, encontrándose una mañana en la ciudad de Panamá con unos amigos, escucharon un clamor que se iba acercando. Un automóvil avanzaba lentamente, frenado por la multitud. Dentro de él iba un indio con una hermosa cara triste, asombrada, feliz tal vez de sentirse mirado con tanta curiosidad por los hombres blancos que, desde generaciones y generaciones, no le habían mirado nunca, que únicamente le habían gritado para que se apartase. ¿Qué es lo que ha hecho?, preguntaron. Se ha comido a un ingeniero norteamericano, figúrese. ¡Qué maravilla! Es una forma nueva de hacer antiimperialismo. Un tiro en la noche sería la expresión de la justicia de los cultos, de los civilizados, de los lívidos blancos.

     Karajasalis, que así se llamaba el indio, murió posiblemente sin saber por qué. Podemos imaginar que en su conciencia no percibiera que su acto caníbal fuera punible, sino que más bien lo conceptuara como algo que los indios de las Bocas del Toro llevaran haciendo desde el comienzo del mundo. Como una parte ancestral de su cultura.

     Esta anécdota, macabra sin duda, nos sirve para comprender que la cultura, las costumbres de los pueblos, han de tener otra motivación más que sus atávicos orígenes, y que sin argumentos racionales, sin justificaciones éticas, no queda amparada su conservación.



     Y sin embargo, en nuestra actual sociedad, la de los cultos, los civilizados, los lívidos blancos, se mantienen aún tradiciones difíciles de respaldar. Muchas de ellas son injustificadamente crueles con los animales, pretenden que existe belleza y arte en la tortura; otras ocupan abusivamente el espacio público pretendiendo representar el sentir de todo un pueblo; la mayoría además son herederas de un concepto patriarcal y machista, y relegan a la mujer a un papel meramente testimonial o de simple perifollo.



    
      Cuando la única argumentación lógica para mantener una tradición es la vehemencia de sus seguidores, deja de tener sentido, se convierte en un lastre para el avance moral de la sociedad, y estará condenada a desaparecer lentamente. Porque no todas las costumbres pueden, ni merecen, formar parte de la cultura de un pueblo.